[ DOSSIER // HISTORIAS ]

Agente del FBI

Portada: Agente del FBI

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Agente del FBI

Descripción

Joder, zombies de verdad. Pensé que era una broma de mal gusto cuando la primera transmisión llegó hace una hora, pero ahora todas las frecuencias están gritando lo mismo.
CAPÍTULO 2

Capitulo 2

Nuria me cuenta lo que pasó y cada palabra es como un puñetazo en el estómago. Todo empezó ayer por la noche en el laboratorio del CDC que está en las afueras de la ciudad. Habían estado haciendo experimentos con un virus modificado, algo relacionado con la regeneración celular y la respuesta inmune, un grupo de fanáticos religiosos, un culto que se hacía llamar Los purificadores. Había estado protestando durante semanas contra los experimentos, diciendo que eran una abominación contra Dios. Ayer por la noche irrumpieron en el laboratorio y robaron varias muestras, creyendo que podían purificarlas con sus rituales. No tenían ni idea de lo que habían desatado. Las primeras infecciones aparecieron en su sede, un almacén abandonado en el polígono industrial. Para cuando las autoridades se dieron cuenta, ya era demasiado tarde. El virus se había extendido por toda la ciudad como un incendio.

La descripción que me hace Nuria del caos en el Hospital Central me hiela la sangre. Pacientes que morían y se reanimaban en cuestión de minutos atacando a médicos y enfermeras, personal médico que intentaba contener la situación y acababa siendo infectado también. El director del hospital que se encerró en su despacho y se pegó un tiro antes de que pudieran llegar a él.

Me enseña unas notas médicas que ha estado tomando, observaciones clínicas sobre el comportamiento de los infectados. Es trabajo de una profesional, pero puedo ver el terror en cada línea que ha escrito.

Nuria niega con la cabeza con una sonrisa amarga. Ya es demasiado tarde para eso. Antes de que se cortaran las comunicaciones, escuché informes de brotes en Barcelona, Valencia e incluso Madrid. Ese culto no solo robó muestras de aquí. Tenían células en otras ciudades y todas hicieron lo mismo anoche. España entera está infectándose mientras hablamos.

Estamos preparando un plan de escape cuando escuchamos ruidos en el pasillo, pasos arrastrándose, gemidos sordos y algo que suena como uñas rascando la pared. Nuria se pálida y me señala hacia la ventana.

Me asomo con cuidado y veo al menos cuatro figuras tambaleándose por el pasillo, todas dirigiéndose hacia nuestro apartamento. Una de ellas lleva bata de médico, otra un pijama de hospital manchado de sangre. La que va adelante era claramente una anciana, pero ahora tiene la cara destrozada y los ojos completamente blancos. Están siguiendo nuestro rastro, nuestro olor, algo que los está guiando directamente hacia nosotros. Nuria agarra una mochila que ya tenía preparada y me hace señas hacia la ventana del dormitorio.

Hay una escalera de incendios, dice. Es nuestra única salida. Los golpes en la puerta han empezado. Metódicos y constantes, como si supieran que estamos aquí dentro. La escalera de incendios está oxidada y hace un ruido horrible cada vez que ponemos un pie en ella. Cada crujido me suena como una alarma anunciando nuestra posición a todas esas cosas. Nuria baja delante de mí moviéndose con una agilidad que no esperaba de alguien que lleva más de 24 horas escondida y aterrorizada.

Tenemos que movernos más rápido. Llegamos al callejón trasero y el olor me golpea inmediatamente. Es una mezcla de podredumbre, orina y algo dulzón que me revuelve el estómago. Hay cuerpos esparcidos por todas partes, algunos claramente muertos, otros que se mueven débilmente como si estuvieran intentando levantarse, pero no tuvieran la fuerza suficiente. Nuria me agarra del brazo y me señala hacia uno de los cuerpos.

Estamos avanzando por las calles traseras hacia donde dejé el coche cuando Nuria me detiene bruscamente. Escucha, dice, al principio no oigo nada, pero luego lo capto. Voces humanas, voces reales, no los gemidos guturales de los infectados vienen de un edificio cercano, lo que parece ser un almacén o una nave industrial. Nos acercamos con cuidado y vemos luz filtrándose por las ventanas rotas. Hay gente viva ahí dentro, pero algo en el tono de las voces me pone nervioso. No suenan como supervivientes asustados, suenan fanáticos.

Ese edificio, susurra Nuria, es donde tenían su sede Los purificadores. El culto que robó las muestras del laboratorio. Mi sangre se hiela. Si son ellos, si son los responsables de todo esto, necesito respuestas. Pero también podría ser una trampa mortal. Las voces se hacen más fuertes, más exaltadas, como si estuvieran en medio de algún tipo de ritual o ceremonia. Nos acercamos más al edificio y lo que veo a través de una ventana rota me deja sin aliento.

Hay al menos 20 personas dentro, todas vestidas con túnicas blancas manchadas de sangre, formando un círculo alrededor de algo en el centro. Están cantando algo en latín o lo que suena como latín con las manos alzadas al aire. En el centro del círculo hay varios infectados atados con cuerdas, pero no están intentando atacar. Están quietos casi como si estuvieran domesticados. Uno de los cultistas, un hombre mayor con barba gris, se acerca a uno de los infectados y le pone la mano en la cabeza. La criatura no reacciona, simplemente se queda ahí con los ojos blancos fijos en la nada.

Sus palabras me revuelven el estómago. Estos locos no solo causaron el apocalipsis, sino que creen que es algo bueno, algo divino. Uno de los cultistas se acerca al líder y le susurra algo al oído. El hombre sonríe y asiente. Luego mira directamente hacia la ventana donde estamos escondidos.

Y ahora también tenemos que preocuparnos por ese culto loco que aparentemente puede controlar a los monstruos. Mientras observamos a los infectados rodeando mi coche, escucho un sonido que me hiela la sangre, el rugido de motores acercándose, vehículos, varios de ellos viniendo hacia nuestra posición. Las luces de los faros aparecen al final de la calle y puedo ver figuras en túnicas blancas en las ventanillas. Los purificadores nos están cazando por aquí, susurra Nuria señalando hacia un parque cercano. Podemos perdernos entre los árboles.

Corremos hacia la oscuridad del parque, pero puedo escuchar los vehículos deteniéndose detrás de nosotros, puertas abriéndose, voces gritando órdenes. También escuchó algo peor. Los gemidos de los infectados, pero ahora suenan diferentes, más organizados, como si estuvieran siendo dirigidos. Los cultistas han soltado a sus ángeles para que nos persigan. Mientras corremos entre los árboles tropezando con raíces y ramas en la oscuridad, puedo escuchar el sonido de pasos múltiples siguiéndonos. No solo los pasos arrastrándose de los infectados, sino también los pasos normales de los cultistas. Estamos siendo cazados por humanos y monstruos al mismo tiempo.

Nuria se tropieza y cae, y cuando la ayudo a levantarse veo que se ha hecho un corte en la rodilla. La sangre fresca, el olor va a atraer a más infectados. Estamos jodidos, completamente jodidos. Y lo peor de todo es que empiezo a escuchar algo más en la distancia. Sirenas. Sirenas de emergencia que suenan desde todas las direcciones, como si toda la región estuviera en alerta máxima. El apocalipsis ya no es solo local, se está extendiendo por todas partes. Estamos corriendo por el parque cuando Nuria se detiene bruscamente y me señala hacia un edificio en ruinas al otro lado del claro.

Ahí, jadea, es el laboratorio del CDC donde empezó todo. El edificio está parcialmente destruido con una de las paredes completamente derribada y humo negro saliendo de las ventanas rotas. Pero hay algo más. Luces, luces eléctricas parpadeando en el interior, como si alguien estuviera usando generadores de emergencia. Podría haber supervivientes ahí, digo, pero Nuria niega con la cabeza violentamente. O peor, responde. Los científicos que trabajaban en esos experimentos, si alguno sobrevivió, podrían tener respuestas o podrían estar infectados y ser más peligrosos que los otros. Detrás de nosotros, los sonidos de la persecución se acercan. Gemidos guturales mezclados con gritos fanáticos de los cultistas. No tenemos elección. Tenemos que arriesgarnos con lo que sea que esté en ese laboratorio. Es nuestra única oportunidad de encontrar refugio y posibles respuestas.

Encontramos a alguien vivo en el laboratorio principal. Un hombre de mediana edad con bata blanca manchada de sangre está sentado en una esquina escribiendo frenéticamente en un cuaderno. Cuando nos ve entrar, levanta la cabeza y veo que tiene los ojos inyectados en sangre y las manos temblorosas.

Nuria le pregunta sobre los cultistas y el doctor se pone aún más pálido. Los purificadores llevaban meses infiltrándose en nuestro personal. Tenían gente trabajando aquí, gente que sabía exactamente qué muestras robar y cómo propagarlas. No fue un robo aleatorio, fue un sabotaje coordinado. Sus palabras me golpean como un martillo. Esto no fue un accidente, fue un acto de terrorismo biológico planificado. Pero hay algo más, continúa el doctor. Algunos de los cultistas parecen tener una inmunidad natural al virus. Hemos estado estudiando su sangre durante meses intentando entender por qué no se infectan. Creemos que han estado exponiéndose gradualmente a versiones debilitadas del virus, desarrollando una resistencia.

Mientras el Dr. Grau habla, escucho ruidos en el exterior del laboratorio. Los cultistas y sus ángeles infectados nos han encontrado. Tenemos que irnos le digo al doctor. ¿Hay otra salida? Él asienta y nos guía hacia una puerta trasera que da un túnel de mantenimiento. Este túnel conecta con el sistema de alcantarillado de la ciudad, explica mientras recoge algunos archivos importantes. Podemos usarlo para llegar al otro lado sin ser detectados, pero cuando abrimos la puerta del túnel, el olor que sale es nauseabundo y no estamos solos ahí abajo.

Puedo escuchar chapoteos en el agua, gemidos que resuenan en las paredes de hormigón. Los infectados han encontrado los túneles, susurra Nuria. Están usando el sistema de alcantarillado para moverse por toda la ciudad sin ser vistos. El doctor se queda pálido. Si han llegado a los túneles principales, pueden estar extendiéndose a otras ciudades a través de la red de alcantarillado. Barcelona, Girona, todas las ciudades conectadas están en peligro.

Decidimos arriesgarnos con los túneles porque es nuestra única opción. El doctor Grau lleva una linterna más potente y va adelante, iluminando el camino a través del agua sucia que nos llega hasta las rodillas. El olor es horrible. Pero es el sonido lo que me aterra. Chapoteos constantes en la distancia, ecos de gemidos que parecen venir de todas las direcciones.