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Portada de El Rastrillo (The Rake)
ARCHIVO NARRATIVO // CREEPYPASTAS

El Rastrillo (The Rake)

Archivo Histórico

Una familia en el noreste de EE. UU. es masacrada por una criatura pálida, deforme y sanguinolienta conocida como «el Rastrillo». Años después, una madre superviviente investiga patrones terroríficos en viejos diarios, grabaciones ocultas y testimonios de otras víctimas, descubriendo que la bestia sigue acechando su habitación en la oscuridad.

STORY // 007
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El Rastrillo (The Rake) - 01
Las carreteras rurales de Nueva York

Durante el verano de 2003, una serie de acontecimientos macabros en el noreste de Estados Unidos —protagonizados por una criatura aberrante, de traza humanoide— desataron un breve revuelo en la prensa local antes de que cayera sobre el asunto un apagón informativo implacable. No quedó ni rastro. Todas las publicaciones en la red y las crónicas en papel sobre aquel engendro fueron destruidas o borradas misteriosamente.

Centrados principalmente en el entorno rural del estado de Nueva York y con algún caso aislado en Idaho, los autoproclamados testigos relataban sus encontronazos con esta alimaña de origen desconocido. Sus reacciones iban desde el pánico más visceral y traumático hasta una fascinación casi infantil, enfermiza y perversa. Aunque las versiones impresas desaparecieron de los archivos, las secuelas psicológicas quedaron grabadas a fuego. Ese mismo año, varios de los implicados empezaron a mover cielo y tierra en busca de respuestas.

A principios de 2006, esta red de supervivientes había logrado reunir una veintena de documentos fechados entre el siglo XII y la actualidad, procedentes de cuatro continentes. En casi todos los casos, el patrón se repetía al milímetro. He estado en contacto con uno de los miembros de este grupo y he conseguido arrancarle unos cuantos extractos del libro que están a punto de publicar.

Cuaderno de bitácora de un marinero (1691)


«Se me presentó mientras dormía. Una sacudida gélida me recorrió el cuerpo desde los pies de la litera. Se lo llevó todo. El sudor y la sangre nos hielan la piel. Hay que dar la vuelta y poner rumbo a Inglaterra de inmediato. Jamás volveremos a pisar esta tierra maldita; nos lo ha exigido el Rastrillo.»

Entrada de un diario (Traducida del español, 1880)

«He sentido el terror más absoluto en mis entrañas. El terror más puro. Lo veo al cerrar los ojos. Son dos cuencas vacías. Negras. Como pozos sin fondo. Me clavó la mirada y me desgarró por dentro. Sentí el tacto pegajoso y sanguinolento de su garra húmeda. No pienso volver a cerrar los ojos. Su voz… su voz es un susurro podrido (texto ilegible).»

El Rastrillo (The Rake) - 02
Fragmento del diario encontrado de 1880.


Nota de suicidio (1964)

«Mientras me dispongo a rebanarme el pescuezo y poner fin a este sufrimiento, necesito aliviar en lo posible la culpa y el dolor que este acto causará a los míos. Nadie tiene la culpa, salvo él. Una primera vez desperté y sentí su presencia putrefacta velando mi sueño. Volví a despertar en otra ocasión y vislumbré su silueta deforme. Y una última vez desperté para escuchar su voz gutural y tragarme el veneno de sus ojos. No puedo pegar ojo sin el pánico atroz de pensar qué demonios me voy a encontrar al abrir los ojos. No puedo permitirme despertar nunca más. Adiós.»

En la misma caja de madera se hallaron dos sobres vacíos dirigidos a William y Rose, junto a una carta manuscrita sin sobre:

«Linnie de mi alma: He rezado por ti como una demente. Ha pronunciado tu nombre con esa boca repugnante.»

Testimonio de una víctima (2006)

«Hace tres años, acababa de volver de pasar el puente del 4 de julio en las cataratas del Niágara con la familia. Veníamos molidos de paliza tras tantas horas de carretera, así que mi marido y yo metimos a los críos directamente en la cama y nos fuimos a sobaco cerrado a la nuestra.

El Rastrillo (The Rake) - 03
Una silueta deforme y sin pelo permanecía agazapada en la penumbra de la habitación.

Hacia las cuatro de la madrugada me desperté pensando que mi marido se había levantado al baño. Aproveché para dar un tirón del edredón y quitárselo, pero al hacerlo lo desvelé. Le pedí perdón entre dientes diciéndole que pensaba que no estaba en la cama. Cuando se giró hacia mí, soltó un ahogado jadeo de puro pavor y encogió las piernas del tironazo; de poco me da un rodillazo en toda la cara y me tira al suelo. Me agarró del brazo con fuerza desmedida, mudo de terror.

Tras darme un par de segundos para entornar los ojos en la penumbra, vi lo que le había dejado helado. A los pies de la cama, acurrucado y dándonos la espalda, había algo que parecía un hombre en cueros o un chucho enorme completamente pelado, escuálido. Tenía las extremidades dislocadas en una postura grotesca y antinatural, como si lo hubiera arrollado un camión y le hubieran partido todos los huesos. Por algún motivo macabro, no me dio pánico al instante; más bien me entró una zozobra enorme por su aspecto famélico. En mi cabeza, atontada por el sueño, llegué a pensar que el pobre diablo necesitaba ayuda.

Mi marido estaba encogido en posición fetal, parapetado tras sus brazos y rodillas, mirándome de reojo aterrorizado para volver a clavar la vista en la criatura. De repente, en un movimiento convulsivo y rabioso, el bicho se revolvió en el sitio y empezó a reptar a toda ostia sobre la manta. Venía dando manotazos a ciegas, desarticulado, hasta plantarse a menos de un palmo de la cara de mi marido. Se quedó totalmente inmóvil unos treinta segundos —en realidad serían unos cinco, pero se me hicieron eternos—, clavándole la mirada fija, sin pestañear. Entonces le posó una garra húmeda en la rodilla y salió escopeteado hacia el pasillo, en dirección a la habitación de los niños.

Pegué un chillido desgarrador y me tiré a por el interruptor de la luz, dispuesta a reventar a ese monstruo antes de que me despedazara a los críos. Al salir al pasillo, la luz de la habitación bastaba para ver su silueta encorvada y macilenta a unos seis metros. Se giró hacia mí despacio... Tenía la cara y el torso chorreando vísceras y sangre fresca. Le di al interruptor de la pared y la luz reveló el cuerpo de mi hija Clara.

El Rastrillo (The Rake) - 04
El Rastrillo giró la cabeza en mitad del pasillo antes de huir hacia la oscuridad.

El engendro se despeñó escaleras abajo a tirones mientras mi marido y yo nos abalanzamos desesperados a socorrer a la niña. La criatura la había masacrado; estaba destrozada. Solo pudo articular unas últimas palabras en su corta vida. Murmuró: "Es el Rastrillo".

Esa misma noche, mientras volaba por la carretera camino del hospital para intentar salvarla, mi marido perdió el control del coche y se despeñó contra un lago. Ninguno de los dos salió con vida de aquel infierno.

Al ser un pueblo pequeño, la desgracia corrió como la pólvora. Al principio la policía se portó bien y el periódico local empezó a indagar bastante. Sin embargo, la historia jamás vio la luz en prensa y los informativos de la tele pasaron página de la noche a la mañana como si allí no hubiera pasado nada.

Durante varios meses, mi hijo Justin y yo estuvimos malviviendo en un hostal cerca de la casa de mis padres. Cuando nos armamos de valor para volver a nuestro hogar, me puse a buscar respuestas por mi cuenta. Con el tiempo, di en el pueblo de al lado con un hombre a quien esa cosa le había destrozado la vida de forma parecida. Nos pusimos en contacto y compartimos nuestro calvario. Él sabía de otras dos personas en el estado de Nueva York que habían visto con sus propios ojos al engendro al que ya llamábamos «el Rastrillo».

Nos llevó dos años de perros a los cuatro, rastreando la red hasta de madrugada y enviando cartas a tumba abierta, conseguir una pequeña colección de lo que creemos que son testimonios reales de ataques del Rastrillo. Ninguno daba detalles precisos, ni explicaba su origen o lo que pasó después. El diario de un marinero contenía una entrada escalofriante sobre la criatura en sus primeras páginas y no volvía a mencionarla jamás. La bitácora de un barco no aclaraba nada del encuentro; solo decía que la criatura les había ordenado poner pies en polvorosa bajo amenaza de muerte. Esa fue la última anotación del cuaderno.

Lo que sí detectamos fueron bastantes casos en los que la visita de la bestia no era un hecho aislado, sino una tortura sistemática a la misma persona durante años. Muchos afirmaban que la criatura les había hablado, incluida mi propia hija. Aquello nos dejó descolocados: ¿nos habría estado acechando el Rastrillo en la sombra mucho antes de esa noche aciaga?

Decidí colocar una grabadora digital junto a mi mesilla de noche y la dejé encendida a fuego lento todas las noches, sin excepción, durante dos semanas. Cada mañana me armaba de paciencia y me tragaba el tedio de escuchar los crujidos de la cama y mis propias vueltas en sueños. A finales de la segunda semana ya estaba curada de espanto y me pasaba las grabaciones a órdago, a ocho veces la velocidad normal. Aun así, me quitaba casi una hora al día.

El primer día de la tercera semana, creí percibir un ruido distinto entre las interferencias. Al aislar el audio, me encontré con una voz chillona, aguda, gutural... Era el Rastrillo. Soy incapaz de escuchar el archivo más de tres segundos seguidos; me produce un dolor de cabeza atroz y un vómito visceral como para intentar transcribir una sola palabra. Todavía no se la he puesto a nadie. Lo único que sé con certeza es que esa voz demoníaca ya la había oído antes: estoy convencida de que le susurró algo al oído a mi marido cuando estaba agazapado frente a él. No recuerdo haber oído nada en aquel momento, pero esa voz grabada me transporta de golpe a esa escena dantesca y me hiela la sangre.

De solo pensar en las barbaridades que se le pasaron por la cabeza a mi hijita en sus últimos minutos de vida, se me parten las entrañas de puro dolor.

No he vuelto a ver al Rastrillo desde que redujo mi vida a cenizas, pero sé a ciencia cierta que ha entrado en mi cuarto mientras duermo. Lo sé, y me aterroriza pensar que cualquier noche de estas me despertaré en mitad de la noche para encontrármelo pegado a mi cara, mirándome en la penumbra.»

El Rastrillo (The Rake) - 05
Las grabaciones nocturnas