[ DOSSIER // HISTORIAS ]
09/17/10
Archivo HistóricoUn universitario compra un portátil de segunda mano y descubre en su interior una carpeta oculta con vídeos snuff. Las grabaciones documentan el secuestro, la brutal tortura y la disolución con ácido de una mujer a manos de una asesina en serie. El joven entrega las pruebas a la policía, desentramando un macabro crimen, aunque el misterio sobre el vendedor sigue sin resolverse.
Hace un par de meses empecé mis clases en la universidad. Mientras me preparaba para el primer año, conseguí todo lo necesario salvo una cosa: un portátil. La verdad es que me cuesta un cojón soltar un solo euro si puedo conseguir lo mismo más barato, así que me peiné internet buscando chollos. Nada encajaba con mi tacañería. Faltaban solo dos semanas para empezar y ya me estaba entrando el pánico.
Días después, vi un anuncio en el periódico: vendían un portátil Dell de puta madre por solo 600 pavos, bastante cerca de mi casa. Era rarísimo, porque estaba casi mil euros por debajo de su precio de tienda.

Al día siguiente me fui en coche hasta la dirección del vendedor. La casa estaba bastante alejada de la ciudad, lindando con un bosque cerradísimo y bastante siniestro. En la entrada había una furgoneta hecha una mierda, rodeada de carteles viejos y chatarra vintage. Llamé al timbre y me abrió un tío escuálido con una chaqueta de franela roñosa. Cuando le pregunté por el ordenador, al pavo le cambió la cara; parecía aliviado, como si necesitase encasquetárselo a alguien ya mismo. Por suerte iba con la pasta en mano y, tras comprobar que arrancaba, me volví a casa con ordenador nuevo.
Con el subidón de tener mi primer portátil pagado de mi bolsillo, lo encendí y me puse a instalar mis programas. Al rebuscar en el disco duro encontré una carpeta oculta. Me pareció mosca, porque el tío me había jurado que lo había formateado. La carpeta se llamaba «17/09/10», la fecha de un día cualquiera. La abrí: había seis vídeos y tres fotos. La curiosidad me pudo y le di al play.
El primer vídeo se titulaba simplemente «001». Estaba grabado con una cámara de mano que no paraba de temblar, desde el interior de un coche. Grababa a una chavalita saliendo de un bar de copas de noche y metiéndose en su coche. A los pocos segundos, la tía arrancó y el que grababa salió detrá de ella a toda ostia. El vídeo duraba 24 segundos. Daba la sensación de que llevaba horas apostado esperando a que saliera. En su momento no me acojoné demasiado, pero me dejó mal cuerpo.
Abrí el siguiente archivo, «002». Empezaba con la cámara apoyada en el salpicadero, enfocando a través del parabrisas. Diluviaba a mares. Apenas se distinguía, dos coches más adelante, el utilitario de la chica. Estuvo así durante 47 segundos insufribles de puro acoso silencioso hasta que se cortó la imagen.
Empecé a ponerme de los nervios. Aquello olía a chamusquina. Pero, como cuando te enganchas a una serie turbia, necesitaba saber cómo terminaba la movida. Decidí tirar hacia adelante.
El tercer vídeo era «003». Aquí fue donde la cosa se puso fea de verdad. Volvía a ser grabado a mano, con un pulso tembloroso. Jarreaba con ganas fuera del coche. A lo lejos se veía una silueta envuelta en un abrigo de piel con paraguas, caminando hacia la puerta de un chalé.
La persona entró y cerró. El silencio posterior me puso los pelos como escarpias. Solo se oía el estruendo de la lluvia azotando el techo del coche. Tras un par de minutos angustiosos de pura nada, las luces del chalé se apagaron por completo. Pasó otro minuto y se oyó el chasquido del pestillo de la puerta del coche. Otra figura, esta vez encapuchada, salió del vehículo y se deslizó hacia la parte trasera de la casa. Se me hizo un nudo en el estómago: quienquiera que fuese ese tarado, no había ido a hacer una visita de cortesía. A los pocos segundos, saltaron los plomos de las luces exteriores. Oscuridad absoluta. Solo el sonido del agua cayendo indicaba que la cámara seguía grabando. Nueve minutos de negrura y lluvia.

Ya tenía claro que aquello no era ningún proyecto escolar ni un corto de mierda. Empecé a sentirme como un gilipollas por no haber comprobado de dónde coño salía ese portátil. ¿El enfermo que acosaba a la chica era el mismo tipo tirillas que me había vendido el ordenador? En el fondo de mi cabeza me rondaba la idea de llamar a la Policía Nacional, pero no acababa de dar el paso.
Con la boca seca y la mano temblando, le di al cuarto vídeo: «004». Todo a oscuras otra vez, pero la lluvia había cesado. Un silencio sepulcral. De pronto, crujidos de grava pisada cerca del coche. Se abrió la puerta, se encendió la luz del techo y la cámara quedó tirada en el suelo del copiloto, apuntando hacia arriba. Se oyeron gruñidos, forcejeos y, de golpe, un mamporro seco y hueco en la parte trasera del maletero, como si tirasen un saco de carne muerta. Un brazo mugriento tapó la lente un segundo al arrastrar una lona enorme hacia fuera. Solo se me ocurría un escenario horroroso, y rogaba por dentro para estar equivocado.
El pavo cogió la cámara, la encajó en el salpicadero y dio marcha atrás. Condujo durante tres minutos antes de meterse por un camino de tierra apartado. Salió del coche y se escucharon ruidos metálicos y jadeos mientras manipulaba la carga. Seis minutos después, volvió a mover el vehículo a otro sitio, cogió la cámara por el asa y caminó. Pude ver claramente la misma furgoneta hecha una pena que estaba aparcada en la casa del vendedor. Estaba a punto de llamar a emergencias cuando la cámara enfocó la fachada: era una casa completamente distinta a la que yo había visitado. Sentí un pequeño alivio, aunque no aclaraba nada.
Llegó el quinto vídeo, «005». Esto ya no era acoso; esto era una puta carnicería.
Empezaba en un sótano. Una oscuridad cavernosa, rota únicamente por una figura que se cruzaba de vez en cuando ante el objetivo. Se oía el jadeo asmático del agresor mezclado con los ladridos lejanos de un perro. De pronto, un gemido ahogado y gutural. Un gorgoteo de puro pánico. La cámara se encendió del todo y enfocó al centro de la habitación.

Allí estaba la chica del bar, atada a una silla de madera con alambre de espino que se le clavaba en los muslos y las muñecas, chorreando sangre negra. Estaba reventada a golpes. Tenía la mandíbula desencajada, colgando hacia un lado, y un ojo tan hinchado y amoratado que parecía una ciruela pocha. Del otro ojo le brotaban lágrimas mezcladas con la sangre que le bajaba de la brecha del cuero cabelludo. Tenía la boca tapada con cinta americana, pero el trapo estaba tan empapado de vómito y sangre que se le despegaba por los bordes mientras intentaba hiperventilar. La cámara hizo un zoom grotesco hacia su rostro deformado por el dolor, recreándose en el temblor de sus labios destrozados durante lo que pareció una eternidad.
Sentí que se me revolvían las tripas. El estómago me dio un vuelco y estuve a punto de echar la pota sobre el teclado. Ya no había duda: no era una película de serie B. Con un solo archivo restante, empecé a temer por mi propia vida. Eché el cerrojo a la puerta de mi cuarto, bajé las persianas hasta abajo, cogí un cuchillo de cocina y le di al último vídeo.
«006». El desenlace.
El escenario era un cuarto de baño alicatado con azulejos blancos llenos de mugre. La cámara estaba sobre el lavabo, enfocando a un espejo que reflejaba la puerta. El único sonido que rompía la atmósfera era un zumbido metálico e infernal que me heló la sangre: el rastrojo incisivo de herramientas eléctricas. Una sierra de calar o una radial girando en vacío. Estuve pegado a la pantalla, sudando frío, hasta que el motor se apagó.
Silencio. Y luego, el sonido más espantoso que he oído en mi vida: un arrastre húmedo y pesado, como si arrastrasen un saco lleno de vísceras por el suelo.
La puerta se abrió. De la penumbra del pasillo emergió una mujer de mediana edad vestida con un mono de trabajo de plástico translúcido, un respirador industrial y unos guantes largos de goma hasta los codos, manchados de churretones marrones y rojos. En el reflejo del espejo se veía cómo la tía se lomeaba para arrastrar un bulto hasta la bañera. Cuando lo levantó a pulso para meterlo dentro, vi que era una bolsa de basura negra, gigante, que goteaba un líquido espeso y viscoso. Al volcarla, la bolsa cayó doblada... completamente floja, desarticulada, como si dentro solo hubiera carne picada y cartílagos triturados. Un trozo de pellejo con pelo largo se quedó pegado al borde del plástico antes de caer dentro de la losa de la bañera.
La mujer cogió la cámara y la puso en el suelo, encarándola directamente hacia la bañera. En el suelo había un despliegue dantesco: garrafas de salfumán, sosa cáustica y ácido sulfúrico concentrado. Sin prisa alguna, la tía empezó a vaciar los bidones dentro de la bañera.

Lo que siguió fue un sonido horripilante, una mezcla entre el burbujeo de un refresco hirviendo y el chasquido sordo de materia orgánica y huesos deshaciéndose viva. Un humo blanco y denso comenzó a brotar de la bañera mientras el líquido se volvía un puré espumoso y verdoso.
El vídeo se cortó. Me quedé en shock, petrificado, con la respiración desbocada.
Con los dedos helados, abrí las fotos. La primera era la furgoneta. La segunda, una foto de la chica atada a la silla, tomada antes de que empezaran a molerla a palos; aún se le veía la cara de terror puro e intacto. La tercera foto no abrió: daba un aviso de «archivo dañado». Casi que mejor.
Guardé las dos fotos en un pincho y me fui directo a comisaría a entregar el portátil. Los maderos me devolvieron los 600 pavos y me dieron una bonificación por colaborar. Resultó que la víctima era la novia joven del exmarido de la señora del vídeo. A esa psicópata la habían detenido hacía un año, pero la tuvieron que soltar por falta de pruebas y metieron en el trullo al exmarido. Mi ordenador era el eslabón que faltaba para empurarla de por vida.
Espero que esto cierre el caso, aunque sigo sin pegar ojo por las noches. Todavía no sé quién coño era el pavo escuálido de la chaqueta de franela que me vendió el portátil, ni cómo cojones consiguió el ordenador, ni por qué cojones tenía aparcada en su parcela la misma furgoneta de la asesina... Supongo que esa mierda se la dejo a la policía.