Nuria me cuenta lo que pasó y cada palabra es como un puñetazo en el estómago. Todo empezó ayer por la noche en el laboratorio del CDC que está en las afueras de la ciudad. Habían estado haciendo experimentos con un virus modificado, algo relacionado con la regeneración celular y la respuesta inmune, un grupo de fanáticos religiosos, un culto que se hacía llamar Los purificadores. Había estado protestando durante semanas contra los experimentos, diciendo que eran una abominación contra Dios. Ayer por la noche irrumpieron en el laboratorio y robaron varias muestras, creyendo que podían purificarlas con sus rituales. No tenían ni idea de lo que habían desatado. Las primeras infecciones aparecieron en su sede, un almacén abandonado en el polígono industrial. Para cuando las autoridades se dieron cuenta, ya era demasiado tarde. El virus se había extendido por toda la ciudad como un incendio.
La descripción que me hace Nuria del caos en el hospital me hiela la sangre. Pacientes que morían y se reanimaban en cuestión de minutos atacando a médicos y enfermeras, personal médico que intentaba contener la situación y acababa siendo infectado también. El director del hospital que se encerró en su despacho y se pegó un tiro antes de que pudieran llegar a él.
Conseguí escapar por los conductos de ventilación, me dice, mientras se sirve un vaso de agua con manos temblorosas, pero vi cómo se extendía. Vi como la gente normal se convertía en en esas cosas. No es solo un virus, agente, reescribe completamente el cerebro humano. Los infectados pierden toda capacidad de razonamiento, toda empatía, toda humanidad. Solo les queda el hambre y la agresión y son increíblemente resistentes. He visto a uno de ellos seguir moviéndose después de recibir tres disparos en el pecho.
Me enseña unas notas médicas que ha estado tomando, observaciones clínicas sobre el comportamiento de los infectados. Es trabajo de una profesional, pero puedo ver el terror en cada línea que ha escrito.
Nuria niega con la cabeza con una sonrisa amarga. Ya es demasiado tarde para eso. Antes de que se cortaran las comunicaciones, escuché informes de brotes en Barcelona, Valencia e incluso Madrid. Ese culto no solo robó muestras de aquí. Tenían células en otras ciudades y todas hicieron lo mismo anoche. España entera está infectándose mientras hablamos.
Sus palabras me golpean como un martillo. Sara, los niños, mi familia, podrían estar ya muertos o peor convertidos en esas cosas. Siento como si el suelo se abriera bajo mis pies. Hay un búnker militar a 50 km al norte, continúa Nuria. Si conseguimos llegar allí, tal vez tengamos una oportunidad, pero tendremos que atravesar toda la ciudad infectada. E está oscureciendo. He notado que se vuelven más activos por la noche. Miro por la ventana y veo que tiene razón. Hay más movimiento en las calles, más gemidos en la distancia. La pesadilla apenas está empezando.
Estamos preparando un plan de escape cuando escuchamos ruidos en el pasillo, pasos arrastrándose, gemidos sordos y algo que suena como uñas rascando la pared. Nuria se pálida y me señala hacia la ventana.
Me asomo con cuidado y veo al menos cuatro figuras tambaleándose por el pasillo, todas dirigiéndose hacia nuestro apartamento. Una de ellas lleva bata de médico, otra un pijama de hospital manchado de sangre. La que va adelante era claramente una anciana, pero ahora tiene la cara destrozada y los ojos completamente blancos. Están siguiendo nuestro rastro, nuestro olor, algo que los está guiando directamente hacia nosotros. Nuria agarra una mochila que ya tenía preparada y me hace señas hacia la ventana del dormitorio.
Hay una escalera de incendios, dice. Es nuestra única salida. Los golpes en la puerta han empezado. Metódicos y constantes, como si supieran que estamos aquí dentro. La escalera de incendios está oxidada y hace un ruido horrible cada vez que ponemos un pie en ella. Cada crujido me suena como una alarma anunciando nuestra posición a todas esas cosas. Nuria baja delante de mí moviéndose con una agilidad que no esperaba de alguien que lleva más de 24 horas escondida y aterrorizada.
Cuando llegamos al primer piso, puedo ver a través de las ventanas del apartamento de abajo. Hay una familia entera convertida en esas criaturas, incluyendo dos niños pequeños que se mueven con la misma hambre antinatural que los adultos. El padre está de pie en medio del salón, balanceándose ligeramente con la mandíbula colgando de una manera que no es natural. Cuando nos ve pasar por la ventana, emite un gemido gutural y empieza a golpear el cristal con los puños. El sonido atrae inmediatamente a los otros y pronto toda la familia está aporreando la ventana, dejando manchas de sangre negra en el cristal.
Tenemos que movernos más rápido. Llegamos al callejón trasero y el olor me golpea inmediatamente. Es una mezcla de podredumbre, orina y algo dulzón que me revuelve el estómago. Hay cuerpos esparcidos por todas partes, algunos claramente muertos, otros que se mueven débilmente como si estuvieran intentando levantarse, pero no tuvieran la fuerza suficiente. Nuria me agarra del brazo y me señala hacia uno de los cuerpos.
Tiene razón. Es el cuerpo de un hombre mayor con la piel gris y hinchada, claramente en estado de descomposición avanzada, pero los dedos se mueven espasmódicamente y la boca se abre y se cierra como si estuviera intentando morder algo. El virus no solo reanima a los muertos recientes explica Nuria con voz tiemblorosa. Puede reactivar cadáveres que llevan días muertos. Estamos luchando contra un ejército que crece cada hora que pasa. La implicación de sus palabras me aterra. Cada cementerio, cada morgue, cada lugar donde hay muertos se está convirtiendo en una fábrica de monstruos.
Estamos avanzando por las calles traseras hacia donde dejé el coche cuando Nuria me detiene bruscamente. Escucha, dice, al principio no oigo nada, pero luego lo capto. Voces humanas, voces reales, no los gemidos guturales de los infectados vienen de un edificio cercano, lo que parece ser un almacén o una nave industrial. Nos acercamos con cuidado y vemos luz filtrándose por las ventanas rotas. Hay gente viva ahí dentro, pero algo en el tono de las voces me pone nervioso. No suenan como supervivientes asustados, suenan fanáticos.
Ese edificio, susurra Nuria, es donde tenían su sede los purificadores. El culto que robó las muestras del laboratorio. Mi sangre se hiela. Si son ellos, si son los responsables de todo esto, necesito respuestas. Pero también podría ser una trampa mortal. Las voces se hacen más fuertes, más exaltadas, como si estuvieran en medio de algún tipo de ritual o ceremonia. Nos acercamos más al edificio y lo que veo a través de una ventana rota me deja sin aliento.
Hay al menos 20 personas dentro, todas vestidas con túnicas blancas manchadas de sangre, formando un círculo alrededor de algo en el centro. Están cantando algo en latín o lo que suena como latín con las manos alzadas al aire. En el centro del círculo hay varios infectados atados con cuerdas, pero no están intentando atacar. Están quietos casi como si estuvieran domesticados. Uno de los cultistas, un hombre mayor con barba gris, se acerca a uno de los infectados y le pone la mano en la cabeza. La criatura no reacciona, simplemente se queda ahí con los ojos blancos fijos en la nada.
Pero hay algo más perturbador. Algunos de los cultistas tienen heridas de mordeduras visibles en los brazos y el cuello, pero siguen siendo humanos. Siguen siendo conscientes como si fueran inmunes al virus o como si hubieran encontrado una manera de resistir la infección. El líder del culto, el hombre de la barba gris, empieza a hablar en voz alta y puedo escuchar fragmentos de lo que dice. Habla de purificación, de evolución divina, de cómo han sido elegidos para guiar a la nueva humanidad. Dice que los infectados no son monstruos, sino ángeles de la purificación enviados para limpiar el mundo de los impuros. Que ellos, los purificadores, son los únicos dignos de sobrevivir y gobernar en el nuevo mundo que están haciendo.
Sus palabras me revuelven el estómago. Estos locos no solo causaron el apocalipsis, sino que creen que es algo bueno, algo divino. Uno de los cultistas se acerca al líder y le susurra algo al oído. El hombre sonríe y asiente. Luego mira directamente hacia la ventana donde estamos escondidos.
Nuria y yo nos miramos con terror. Nos han visto. Tenemos que salir de aquí ahora mismo. Corremos hacia donde dejé el coche, pero cuando llegamos veo que está rodeado de infectados, al menos una docena de ellos, todos moviéndose alrededor del vehículo como si hubieran sido atraídos por algo. Uno de ellos está golpeando la ventanilla del conductor con los puños, dejando manchas de sangre en el cristal. Otro está mordiendo el neumático trasero, aunque obviamente no puede atravesar la goma. No podemos llegar al coche, le digo a Nuria. Tendremos que ir a pie. Ella asiente, pero puedo ver el miedo en sus ojos. 50 km hasta el búnker militar, a pie, en la oscuridad, con toda una ciudad llena de infectados entre nosotros y la seguridad.
Y ahora también tenemos que preocuparnos por ese culto loco que aparentemente puede controlar a los monstruos. Mientras observamos a los infectados rodeando mi coche, escucho un sonido que me hiela la sangre, el rugido de motores acercándose, vehículos, varios de ellos viniendo hacia nuestra posición. Las luces de los faros aparecen al final de la calle y puedo ver figuras en túnicas blancas en las ventanillas. Los purificadores nos están cazando por aquí, susurra Nuria señalando hacia un parque cercano. Podemos perdernos entre los árboles.
Corremos hacia la oscuridad del parque, pero puedo escuchar los vehículos deteniéndose detrás de nosotros, puertas abriéndose, voces gritando órdenes. También escuchó algo peor. Los gemidos de los infectados, pero ahora suenan diferentes, más organizados, como si estuvieran siendo dirigidos. Los cultistas han soltado a sus ángeles para que nos persigan. Mientras corremos entre los árboles tropezando con raíces y ramas en la oscuridad, puedo escuchar el sonido de pasos múltiples siguiéndonos. No solo los pasos arrastrándose de los infectados, sino también los pasos normales de los cultistas. Estamos siendo cazados por humanos y monstruos al mismo tiempo.
Nuria se tropieza y cae, y cuando la ayudo a levantarse veo que se ha hecho un corte en la rodilla. La sangre fresca, el olor va a atraer a más infectados. Estamos jodidos, completamente jodidos. Y lo peor de todo es que empiezo a escuchar algo más en la distancia. Sirenas. Sirenas de emergencia que suenan desde todas las direcciones, como si toda la región estuviera en alerta máxima. El apocalipsis ya no es solo local, se está extendiendo por todas partes. Estamos corriendo por el parque cuando Nuria se detiene bruscamente y me señala hacia un edificio en ruinas al otro lado del claro.
Ahí, jadea, es el laboratorio del CDC donde empezó todo. El edificio está parcialmente destruido con una de las paredes completamente derribada y humo negro saliendo de las ventanas rotas. Pero hay algo más. Luces, luces eléctricas parpadeando en el interior, como si alguien estuviera usando generadores de emergencia. Podría haber supervivientes ahí, digo, pero Nuria niega con la cabeza violentamente. O algo peor, responde. Los científicos que trabajaban en esos experimentos, si alguno sobrevivió, podrían tener respuestas o podrían estar infectados y ser más peligrosos que los otros. Detrás de nosotros, los sonidos de la persecución se acercan. Gemidos guturales mezclados con gritos fanáticos de los cultistas. No tenemos elección. Tenemos que arriesgarnos con lo que sea que esté en ese laboratorio. Es nuestra única oportunidad de encontrar refugio y posibles respuestas.
Llegamos al laboratorio y la entrada principal está bloqueada por escombros, pero hay un agujero en la pared lateral lo suficientemente grande para pasar. El olor que sale del interior es indescriptible, una mezcla de químicos, carne quemada y algo más siniestro que no puedo identificar. Nuria saca una linterna pequeña de su mochila y la enciende. La luz revela un pasillo destrozado con equipos científicos esparcidos por todas partes y manchas de sangre en las paredes. Hay cuerpos en el suelo, algunos claramente muertos, otros que se mueven débilmente. Cuidado, susurra Nuria. Algunos de estos podrían estar infectados, pero demasiado heridos para levantarse. Avanzamos con cuidado, pisando cristales rotos y cables eléctricos que chisporrotean ocasionalmente. En una de las salas laterales veo algo que me hace parar en seco. Jaulas de laboratorio rotas con las puertas arrancadas desde adentro. Jaulas que claramente contenían algo grande, algo fuerte, algo que ya no está ahí.
Encontramos a alguien vivo en el laboratorio principal. Un hombre de mediana edad con bata blanca manchada de sangre está sentado en una esquina escribiendo frenéticamente en un cuaderno. Cuando nos ve entrar, levanta la cabeza y veo que tiene los ojos inyectados en sangre y las manos temblorosas.
Sus palabras confirman mis peores temores. Este hombre es directamente responsable de la pesadilla que está consumiendo el mundo, pero también podría ser nuestra única esperanza de entender cómo detenerla. Cuéntenos qué pasó, le digo manteniendo la mano cerca de mi pistola. El doctor mira su cuaderno y empieza a hablar con voz quebrada. Estábamos trabajando en un virus que pudiera regenerar tejido muerto, reactivar células necróticas. La aplicación médica era revolucionaria. Curar parálisis, regenerar órganos dañados, pero algo salió mal en las pruebas finales. El doctor Grau nos explica que el virus que crearon no solo reactivaba células muertas, sino que reescribía completamente el sistema nervioso central. Los sujetos de prueba perdían toda función cognitiva superior, dice con los ojos perdidos. Solo les quedaban los impulsos más primitivos, hambre, agresión, supervivencia, pero eran increíblemente resistentes al daño físico. Podían seguir funcionando incluso con heridas que matarían a una persona normal.
Nuria lhe pregunta sobre los cultistas y el doctor se pone aún más pálido. Los purificadores llevaban meses infiltrándose en nuestro personal. Tenían gente trabajando aquí, gente que sabía exactamente qué muestras robar y cómo propagarlas. No fue un robo aleatorio, fue un sabotaje coordinado. Sus palabras me golpean como un martillo. Esto no fue un accidente, fue un acto de terrorismo biológico planificado. Pero hay algo más, continúa el doctor. Algunos de los cultistas parecen tener una inmunidad natural al virus. Hemos estado estudiando su sangre durante meses intentando entender por qué no se infectan. Creemos que han estado exponiéndose gradualmente a versiones debilitadas del virus, desarrollando una resistencia.
Mientras el Dr. Grau habla, escucho ruidos en el exterior del laboratorio. Los cultistas y sus ángeles infectados nos han encontrado. Tenemos que irnos le digo al doctor. ¿Hay otra salida? Él asienta y nos guía hacia una puerta trasera que da un túnel de mantenimiento. Este túnel conecta con el sistema de alcantarillado de la ciudad, explica mientras recoge algunos archivos importantes. Podemos usarlo para llegar al otro lado sin ser detectados, pero cuando abrimos la puerta del túnel, el olor que sale es nauseabundo y no estamos solos ahí abajo.
Puedo escuchar chapoteos en el agua, gemidos que resuenan en las paredes de hormigón. Los infectados han encontrado los túneles, susurra Nuria. Están usando el sistema de alcantarillado para moverse por toda la ciudad sin ser vistos. El doctor se queda pálido. Si han llegado a los túneles principales, pueden estar extendiéndose a otras ciudades a través de la red de alcantarillado. Barcelona, Girona, todas las ciudades conectadas están en peligro.
Decidimos arriesgarnos con los túneles porque es nuestra única opción. El doctor Grau lleva una linterna más potente y va adelante, iluminando el camino a través del agua sucia que nos llega hasta las rodillas. El olor es horrible. Pero es el sonido lo que me aterra. Chapoteos constantes en la distancia, ecos de gemidos que parecen venir de todas las direcciones.
Hemos caminado apenas 100 m cuando la linterna del doctor ilumina algo que me hiela la sangre. Hay cuerpos flotando en el agua, algunos claramente muertos, otros que se mueven lentamente como si estuvieran intentando nadar, pero hubieran olvidado cómo hacerlo. Uno de ellos, una mujer en camisón. Se da la vuelta cuando la luz la ilumina. Su cara está hinchada y gris con los ojos completamente blancos, pero cuando nos ve, emite un gemido gutural y empieza a moverse hacia nosotros con una determinación aterradora.
Corremos por los túneles mientras detrás de nosotros se desata el caos, los gemidos se multiplican, el agua chapotea violentamente y puedo escuchar el sonido de cuerpos arrastrándose por las paredes de hormigón. La linterna del doctor baila frenéticamente, creando sombras monstruosas que parecen perseguirnos. Nuria tropieza y cae al agua sucia y cuando la ayudo a levantarse veo que tiene algo agarrado a la pierna.