Es el brazo de un infectado que debe haber estado parcialmente enterrado en el lodo del fondo del túnel. Los dedos se mueven espasmódicamente intentando agarrarse a su carne. Le disparo a la cabeza del infectado y los dedos se aflojan, pero el ruido del disparo resuena por todo el túnel como una alarma.
Inmediatamente los gemidos se vuelven más fuertes, más urgentes. Hemos alertado a todos los infectados en el sistema de túneles de nuestra presencia.
Grita el doctor señalando hacia una escalera de metal que sube hacia una alcantarilla. Podemos salir por ahí, pero cuando llegamos a la escalera, veo que hay algo esperándonos arriba. Una sombra que bloquea la luz que se filtra por la rejilla de la alcantarilla.
Subimos por la escalera con el corazón en la garganta y cuando el doctor empuja la tapa de la alcantarilla, lo que vemos nos deja sin aliento. Estamos inmersos en una pesadilla urbana.
Estamos en medio de la plaza principal de la ciudad y está llena de infectados, cientos de ellos todos moviéndose en la misma dirección como una migración masiva. Pero lo más aterrador es que no se mueven de forma caótica. Hay un patrón, una organización en su movimiento que sugiere que están siendo dirigidos por algo o alguien.
En el centro de la plaza, sobre una plataforma improvisada, está el líder de los purificadores con los brazos alzados dirigiendo a la horda como un director de orquesta macabro. Su voz resuena por toda la plaza con una claridad escalofriante.
El doctor Grau me agarra del brazo con fuerza. Si llegan a Barcelona con esa horda, será el fin.
No necesita terminar la frase. Estamos viendo el nacimiento de un ejército de muertos vivientes que podría consumir toda la península ibérica. Y nosotros somos los únicos que sabemos lo que está pasando realmente, los únicos que podrían detenerlo, si es que eso es posible.
Bajamos de vuelta a los túneles y corremos en dirección opuesta a la horda. El Dr. Grau conoce estos túneles mejor que nosotros y nos guía por pasadizos secundarios que espero que los infectados no hayan descubierto aún.
Pero cada pocos metros encontramos evidencia de que estamos perdiendo esta carrera contra el tiempo. Cuerpos frescos flotando en el agua, algunos todavía con uniformes de policía o de servicios de emergencia. Gente que probablemente vino a investigar los primeros reportes y acabó convertida en parte del problema.
Nuria señala hacia unas marcas en la pared del túnel. Son arañazos profundos en el hormigón, demasiado profundos para ser hechos por uñas humanas normales.
Sus palabras confirman lo que ya sospechaba. No estamos luchando contra personas enfermas. Estamos luchando contra algo completamente nuevo, algo que ha evolucionado más allá de los límites humanos normales.
Llegamos a una intersección de túneles donde el doctor se detiene para consultar un mapa plastificado que lleva en el bolsillo. Por aquí podemos llegar a la estación de tren, dice, si conseguimos un tren funcionando, podríamos llegar al búnker militar en una hora en lugar de caminar toda la noche.
Pero cuando llegamos a la estación subterránea, lo que encontramos es una carnicería. Los andenes están cubiertos de cuerpos despedazados. Algunos claramente víctimas de los infectados, otros que parecen haber sido ejecutados de forma más sistemática. Hay marcas de balas en las paredes, casquillos esparcidos por el suelo. Hubo una batalla aquí, examinando la escena. Alguien intentó hacer una última resistencia.
Nuria encuentra algo que me hiela la sangre. Un walki militar todavía funcionando. Lo sintonizamos e inmediatamente escuchamos voces desesperadas.
La voz se corta con sonidos de disparos y gritos. Luego, silencio. El doctor Grau encuentra un tren de mercancías en una vía lateral que todavía tiene energía.
Mientras él intenta poner en marcha el tren, Nuria y yo hacemos guardia, pero no estamos solos en la estación. Puedo escuchar movimiento en los túneles, el eco de pasos arrastrándose que se acerca lentamente. Y hay algo más. Voces humanas, pero distorsionadas como si estuvieran gritando a través de megáfonos. Los cultistas nos han seguido hasta aquí.
Le grito al doctor, pero él está luchando con los controles. El sistema de seguridad está bloqueado. Responde con frustración. ¡Joder!, necesito más tiempo. Tiempo que no tenemos.
Las primeras figuras aparecen al final del túnel. Infectados moviéndose en fila, seguidos por cultistas con antorchas. Pero hay algo diferente en estos infectados. Se mueven de forma más coordinada, más inteligente, como si hubieran aprendido, como si estuvieran evolucionando.
El tren finalmente arranca con un rugido de motores diésel que resuena por toda la estación. Saltamos a bordo justo cuando los primeros infectados llegan al andén, pero no intentan subir al tren, simplemente se quedan ahí observándonos con esos ojos blancos y muertos como si supieran que no necesitan perseguirnos porque ya saben a dónde vamos.
Uno de los cultistas grita algo en esa lengua extraña que usan y todos los infectados se dan la vuelta al mismo tiempo y empiezan a caminar en la misma dirección hacia Barcelona.
El Dr. Grau asiente mientras acelera el tren. En las últimas fases de nuestros experimentos notamos que los sujetos infectados desarrollaban una especie de mente colmena. Podían comunicarse entre ellos de formas que no entendíamos completamente, pero nunca pensamos que pudieran ser controlados por humanos.
El tren gana velocidad alejándonos de la ciudad condenada, pero puedo ver por las ventanillas que el fuego se extiende más allá de los límites urbanos. Mientras el tren avanza por la campiña catalana, vemos evidencia del apocalipsis extendiéndose por todas partes. Granjas en llamas, coches abandonados en las carreteras rurales y lo más aterrador de todo, grupos de infectados caminando por los campos como una plaga bíblica. No van sin rumbo. Todos se mueven en la misma dirección hacia las ciudades más grandes.
Nuria intenta usar el walkietokie para contactar con las autoridades, pero solo recibe estática o transmisiones fragmentadas de unidades militares en retirada.
Cada transmisión que escuchamos confirma que estamos presenciando el colapso total de la civilización española.
El tren se detiene bruscamente y el doctor maldice mientras examina los controles. Hay algo en las vías, dice. El sistema de seguridad ha activado los frenos automáticos.
Salimos a investigar y lo que vemos nos deja sin palabras. Las vías del tren están bloqueadas por cientos de cuerpos, pero no son infectados. Son personas normales, familias enteras que parecen haberse suicidado en masa sobre las vías. Hay una nota clavada en un poste cercano que dice, «Preferimos morir como humanos que vivir como monstruos. Que Dios perdone lo que hemos hecho a nuestros hijos».
Nuria se pone a llorar al ver los pequeños cuerpos entre los adultos.
La escena es tan desgarradora que tengo que apartar la vista. Pero también es una advertencia clara. La gente está perdiendo toda esperanza, están eligiendo la muerte antes que enfrentarse a este nuevo mundo horrible que estamos creando.
Tenemos que apartar los cuerpos de las vías a mano. Un trabajo macabro que nos lleva casi una hora. Cada cuerpo que movemos es un recordatorio de la desesperación que ha llevado a familias enteras a tomar esta decisión terrible.
Mientras trabajamos, el Dr. Grau me cuenta más detalles sobre los experimentos.
Sus palabras confirman mis peores sospechas. Esto no fue un accidente o un robo oportunista. Fue un acto de guerra biológica cuidadosamente planificado.
Mientras él habla, escucho un sonido en la distancia que me hiela la sangre, el rugido de motores de avión. Miro hacia el cielo y veo formaciones de casas militares volando hacia el sur, hacia Barcelona.
Conseguimos poner el tren en marcha otra vez, pero ahora puedo ver explosiones en el horizonte. Columnas de humo negro que se elevan desde las ciudades distantes, destellos de luz que podrían ser bombardeos.
Pero su voz no suena esperanzada. ¡Joder!, si los infectados son tan resistentes, como dice el doctor, no termina la frase, pero todos sabemos lo que está pensando. Las armas convencionales podrían ser suficientes contra un enemigo que no siente dolor, que no teme a la muerte, que puede seguir funcionando incluso con heridas mortales.
El walkie crepita otra vez.
La respuesta llega inmediatamente. Autorización denegada. Riesgo de contaminación demasiado alto. Mantengan el perímetro y esperen órdenes.
Pero puedo escuchar en la voz del general que sabe que están perdiendo esta guerra, que tal vez ya la han perdido. E incluso nosotros somos posiblemente los únicos civiles que conocen la verdad completa sobre lo que está pasando y por qué.
El búnker militar aparece en el horizonte como una fortaleza de hormigón y acero, pero cuando nos acercamos veo que algo está terriblemente mal. Las torres de vigilancia están vacías, las barreras de entrada están abiertas y hay vehículos militares abandonados esparcidos por el perímetro como juguetes rotos.
Susurra Nuria mientras detenemos el tren a unos cientos de metros de la entrada principal. El silencio es absoluto. No hay guardias, no hay movimiento, solo el viento moviendo papeles y banderas desgarradas. Pero lo más aterrador es que no hay cuerpos. En una base militar que claramente fue abandonada a toda prisa, debería haber evidencia de una batalla, de una evacuación caótica, pero no hay nada. Como si toda la guarnición hubiera simplemente desaparecido.
El Dr. Grau revisa sus instrumentos y su cara se pone pálida. Los niveles de radiación están normales, dice. No fue un ataque nuclear, pero hay algo más. Mis detectores químicos están marcando trazas de un compuesto que no reconozco, algo que no estaba en nuestros experimentos originales.
Entramos en el búnker con las armas preparadas, pero cada paso resuena en pasillos completamente vacíos. Las luces de emergencia siguen funcionando, creando un ambiente fantasmal de sombras rojas que bailan en las paredes de hormigón.
En la sala de comunicaciones encontramos equipos todavía encendidos, pantallas mostrando mapas de España con puntos rojos que se extienden como una infección por toda la península. Pero lo más perturbador son los informes que siguen llegando automáticamente. Sevilla, 78% de Bajas civiles. Valencia, comunicaciones cortadas. Madrid, evacuación gubernamental completada.
Nuria encuentra un registro de audio que todavía está grabando. Lo reproducimos y escuchamos la voz desesperada de un oficial militar.
El audio continúa y cada palabra es más aterradora que la anterior. Han cortado nuestras comunicaciones externas de forma sistemática, como si supieran exactamente qué cables cortar. Los infectados, que eran técnicos, están saboteando nuestros sistemas de defensa desde adentro. No están actuando por instinto. Hay inteligencia, hay memoria, hay propósito.
El general ha ordenado la evacuación inmediata, pero no sé si podremos salir de aquí. Están en todas partes y cada soldado que cae se levanta en minutos para unirse a ellos. Estamos luchando contra nuestros propios compañeros muertos. La grabación se corta con sonidos de disparos y gritos. Luego silencio.
Bajamos a los niveles inferiores del búnker buscando supervivientes o al menos más información, pero lo que encontramos es mucho peor. En el laboratorio médico de la base hay evidencia de experimentos apresurados, mesas de operaciones con correas rotas, jeringas usadas esparcidas por el suelo y frascos de vidrio que contienen muestras, muestras de tejido infectado que todavía se mueven dentro de los contenedores, pulsando con una vida antinatural.
Nuria examina las notas médicas y su cara se pone verde.
Sujeto 23, infectado modificado, muestra resistencia completa a daño por proyectil. Regeneración celular acelerada permite curación de heridas en tiempo real. Inteligencia táctica incrementada en 340% respecto a infectados base.
Las implicaciones son aterradoras. No solo estamos luchando contra un virus que reanima a los muertos, sino que alguien estaba intentando crear sersoldados infectados y por la evidencia que vemos tuvieron éxito.
En el arsenal del búnker encontramos algo que nos da una pequeña esperanza. Armas experimentales diseñadas específicamente para combatir infectados, lanzallamas compactos, munición incendiaria y algo llamado disruptor neural que, según las especificaciones, puede interrumpir temporalmente la actividad cerebral infectada en un radio de 50 m.
Pero también encontramos algo más perturbador, planes de evacuación que muestran que el gobierno español sabía del brote al menos 48 horas antes de que se hiciera público. Había planes para evacuar a funcionarios de alto nivel, para establecer zonas de cuarentena, para implementar la ley marcial. Todo estaba preparado, pero claramente no funcionó.
Sus palabras resuenan en los pasillos vacíos del búnker como una acusación. Hemos sido abandonados por nuestro propio gobierno, dejados para enfrentar solos este apocalipsis.
Subimos a la sala de comunicaciones principal para intentar contactar con otras bases militares o centros de gobierno, pero lo que escuchamos en las frecuencias de emergencia es desalentador. Fragmentos de transmisiones desesperadas.
Pero hay algo más en las transmisiones. Algo que me hiela la sangre. Voces que suenan humanas, pero que hablan de forma extraña, con un ritmo antinatural.
Son los cultistas, pero ahora están usando frecuencias militares. Han capturado equipos de comunicación y los están usando para coordinar sus ataques.
El Dr. Grau intenta sintonizar frecuencias internacionales y lo que escuchamos es aún peor.
La respuesta llega inmediatamente. Negativo. Vuelo 68 en TO47. Espacio aéreo francés cerrado. Dirigirse a Reino Unido o Portugal.
Mientras intentamos procesar la magnitud de lo que está pasando, escuchamos algo que nos paraliza. El sonido de motores acercándose al búnker, vehículos, muchos de ellos viniendo hacia nuestra posición.
Nos asomamos por las ventanas blindadas y vemos una caravana de camiones militares y coches civiles acercándose por la carretera principal. Pero hay algo extraño en la forma en que se mueven. Los vehículos van demasiado despacio, demasiado coordinados, como si fuera una procesión en lugar de una evacuación.
Y cuando se acercan lo suficiente, puedo ver que los conductores no se mueven de forma natural. Tienen esa postura rígida, esos movimientos mecánicos que ya he aprendido a reconocer.
El Dr. Grau está examinando los vehículos con unos binoculares y su cara se pone completamente blanca.
La realización me golpea como un martillo.