[ DOSSIER // HISTORIAS ]
Agente del FBI
ZombielandUn agente del FBI investiga un apocalipsis zombi provocado por un culto extremista y un virus militar. Junto a científicos, lucha por sobrevivir ante la evolución y conquista global de los infectados.
La Horda y el Búnker
Inmediatamente los gemidos se vuelven más fuertes, más urgentes. Hemos alertado a todos los infectados en el sistema de túneles de nuestra presencia.
—¡Joder!, podemos salir por ahí —grita el Dr. Oriol Grau señalando hacia una escalera de metal que sube hacia una alcantarilla.
Podemos salir por ahí, pero cuando llegamos a la escalera, veo que hay algo esperándonos arriba. Una sombra que bloquea la luz que se filtra por la rejilla de la alcantarilla.
Subimos por la escalera con el corazón en la garganta y cuando el doctor empuja la tapa de la alcantarilla, lo que vemos nos deja sin aliento. Estamos inmersos en una pesadilla urbana.
Estamos en medio de la plaza principal de la ciudad y está llena de infectados, cientos de ellos todos moviéndose en la misma dirección como una migración masiva. Pero lo más aterrador es que no se mueven de forma caótica. Hay un patrón, una organización en su movimiento que sugiere que están siendo dirigidos por algo o alguien.
En el centro de la plaza, sobre una plataforma improvisada, está el líder de Los purificadores con los brazos alzados dirigiendo a la horda como un director de orquesta macabro. Su voz resuena por toda la plaza con una claridad escalofriante.
[!NOTE] MEGAFÓNO ABIERTO (LÍDER DE LOS PURIFICADORES)
— Marchamos hacia Barcelona. Llevaremos la purificación a toda España. Los impuros serán limpiados de la faz de la tierra.
— Audio Exterior | Plaza Central
El Dr. Oriol Grau me agarra del brazo con fuerza. —Si llegan a Barcelona con esa horda, será el fin —advirtió el científico—. La ciudad tiene más de un millón y medio de habitantes. Si todos se infectan, ¡ostias!
No necesita terminar la frase. Estamos viendo el nacimiento de un ejército de muertos vivientes que podría consumir toda la península ibérica. Y nosotros somos los únicos que sabemos lo que está pasando realmente, los únicos que podrían detenerlo, si es que eso es posible.
Bajamos de vuelta a los túneles y corremos en dirección opuesta a la horda. El Dr. Oriol Grau conoce estos túneles mejor que nosotros y nos guía por pasadizos secundarios que espero que los infectados no hayan descubierto aún.
Pero cada pocos metros encontramos evidencia de que estamos perdiendo esta carrera contra el tiempo. Cuerpos frescos flotando en el agua, algunos todavía con uniformes de policía o de servicios de emergencia. Gente que probablemente vino a investigar los primeros reportes y acabó convertida en parte del problema.
Nuria señala hacia unas marcas en la pared del túnel. Son arañazos profundos en el hormigón, demasiado profundos para ser hechos por uñas humanas normales.
—El virus no solo los reanima, les da una fuerza sobrehumana —explicó el Dr. Oriol Grau—. Hemos visto infectados arrancar puertas de acero con las manos desnudas.
Sus palabras confirman lo que ya sospechaba. No estamos luchando contra personas enfermas; estamos luchando contra algo completamente nuevo, algo que ha evolucionado más allá de los límites humanos normales.
Llegamos a una intersección de túneles donde el doctor se detiene para consultar un mapa plastificado que lleva en el bolsillo. —Por aquí podemos llegar a la estación de tren —dice—. Si conseguimos un tren funcionando, podríamos llegar al búnker militar en una hora en lugar de caminar toda la noche.
Pero cuando llegamos a la estación subterránea, lo que encontramos es una carnicería. Los andenes están cubiertos de cuerpos despedazados. Algunos claramente son víctimas de los infectados; otros parecen haber sido ejecutados de forma más sistemática. Hay marcas de balas en las paredes, casquillos esparcidos por el suelo. Hubo una batalla aquí, examinando la escena. Alguien intentó hacer una última resistencia.
Nuria encuentra algo que me hiela la sangre: un walkie-talkie militar todavía funcionando. Lo sintonizamos e inmediatamente escuchamos voces desesperadas.
[!NOTE] FRECUENCIA MILITAR (ESCUADRÓN BRAVO)
— Base alfa. Aquí Escuadrón Bravo. Hemos perdido contacto con todas las unidades en Barcelona. Repito, Barcelona no responde. Solicitamos órdenes para evacuación inmediata.
— Transmisión Interrumpida | Zona Cero
La voz se corta con sonidos de disparos y gritos. Luego, silencio. El Dr. Oriol Grau encuentra un tren de mercancías en una vía lateral que todavía tiene energía.
—Puedo hacerlo funcionar —aseguró el Dr. Oriol Grau—. Trabajé en los ferrocarriles antes de dedicarme a la investigación médica.
Mientras él intenta poner en marcha el tren, Nuria y yo hacemos guardia, pero no estamos solos en la estación. Puedo escuchar movimiento en los túneles, el eco de pasos arrastrándose que se acerca lentamente. Y hay algo más: voces humanas, pero distorsionadas como si estuvieran gritando a través de megáfonos. Los cultistas nos han seguido hasta aquí.
—Date prisa —le exigí al doctor.
—¡Joder!, necesito más tiempo —respondió con frustración, luchando con los controles del sistema de seguridad bloqueado.
Tiempo que no tenemos.
Las primeras figuras aparecen al final del túnel. Infectados moviéndose en fila, seguidos por cultistas con antorchas. Pero hay algo diferente en estos infectados: se mueven de forma más coordinada, más inteligente, como si hubieran aprendido, como si estuvieran evolucionando.
El tren finalmente arranca con un rugido de motores diésel que resuena por toda la estación. Saltamos a bordo justo cuando los primeros infectados llegan al andén, pero no intentan subir al tren; simplemente se quedan ahí observándonos con esos ojos blancos y muertos como si supieran que no necesitan perseguirnos porque ya saben a dónde vamos.
Uno de los cultistas grita algo en esa lengua extraña que usan y todos los infectados se dan la vuelta al mismo tiempo y empiezan a caminar en la misma dirección hacia Barcelona.
—Están coordinados, no son solo monstruos hambrientos —observó Nuria—. Hay una inteligencia detrás de todo esto.
El Dr. Oriol Grau asiente mientras acelera el tren. —En las últimas fases de nuestros experimentos notamos que los sujetos infectados desarrollaban una especie de mente colmena —explicó—. Podían comunicarse entre ellos de formas que no entendíamos completamente, pero nunca pensamos que pudieran ser controlados por humanos.
El tren gana velocidad alejándonos de la ciudad condenada, pero puedo ver por las ventanillas que el fuego se extiende más allá de los límites urbanos. Mientras el tren avanza por la campiña catalana, vemos evidencia del apocalipsis extendiéndose por todas partes: granjas en llamas, coches abandonados en las carreteras rurales y, lo más aterrador de todo, grupos de infectados caminando por los campos como una plaga bíblica. No van sin rumbo; todos se mueven en la misma dirección hacia las ciudades más grandes.
—Es una invasión coordinada —concluyó el Dr. Oriol Grau mientras conducía—, han convertido el brote en una guerra biológica. Están usando a los infectados como un ejército para conquistar toda España.
Nuria intenta usar el walkie-talkie para contactar con las autoridades, pero solo recibe estática o transmisiones fragmentadas de unidades militares en retirada.
[!NOTE] CANAL MILITAR (UNIDAD DELTA)
— Unidad Delta solicitando evacuación inmediata. Hemos perdido el 80% del personal. Los civiles se están convirtiendo más rápido de lo previsto. ¡Cagüen la puta!, están en todas partes.
— Señal Intermitente | Retirada
Cada transmisión que escuchamos confirma que estamos presenciando el colapso total de la civilización española.
El tren se detiene bruscamente y el doctor maldice mientras examina los controles. —Hay algo en las vías —dice—. El sistema de seguridad ha activado los frenos automáticos.
Salimos a investigar y lo que vemos nos deja sin palabras. Las vías del tren están bloqueadas por cientos de cuerpos, pero no son infectados; son personas normales, familias enteras que parecen haberse suicidado en masa sobre las vías. Hay una nota clavada en un poste cercano que dice: «Preferimos morir como humanos que vivir como monstruos. Que Dios perdone lo que hemos hecho a nuestros hijos».
Nuria se pone a llorar al ver los pequeños cuerpos entre los adultos. —No pudieron soportar la idea de que sus hijos se convirtieran —lamentó Nuria—, prefirieron matarlos antes que dejar que se infectaran.
La escena es tan desgarradora que tengo que apartar la vista. Pero también es una advertencia clara: la gente está perdiendo toda esperanza, están eligiendo la muerte antes que enfrentarse a este nuevo mundo horrible que estamos creando.
Tenemos que apartar los cuerpos de las vías a mano, un trabajo macabro que nos lleva casi una hora. Cada cuerpo que movemos es un recordatorio de la desesperación que ha llevado a familias enteras a tomar esta decisión terrible.
Mientras trabajamos, el Dr. Oriol Grau me cuenta más detalles sobre los experimentos. —Los purificadores no solo robaron muestras del virus —reveló—, también se llevaron nuestras notas sobre cómo controlarlo. Sabían exactamente qué hacer para maximizar la propagación y minimizar las posibilidades de contención.
Sus palabras confirman mis peores sospechas: esto no fue un accidente o un robo oportunista, sino un acto de guerra biológica cuidadosamente planificado.
—Pero hay algo que no entienden —agregó el doctor—: el virus está mutando más rápido de lo que calculamos. Los infectados de segunda y segunda-tercera generación son diferentes, más inteligentes, más resistentes; incluso ellos podrían perder el control de lo que han desatado.
Mientras él habla, escucho un sonido en la distancia que me hiela la sangre: el rugido de motores de avión. Miro hacia el cielo y veo formaciones de casas militares volando hacia el sur, hacia Barcelona.
Conseguimos poner el tren en marcha otra vez, pero ahora puedo ver explosiones en el horizonte: columnas de humo negro que se elevan desde las ciudades distantes, destellos de luz que podrían ser bombardeos.
—Están intentando contener el brote con fuerza militar —observó Nuria.
Pero su voz no suena esperanzada. ¡Joder!, si los infectados son tan resistentes, como dice el doctor... no termina la frase, pero todos sabemos lo que está pensando. Las armas convencionales podrían ser insuficientes contra un enemigo que no siente dolor, que no teme a la muerte, que puede seguir funcionando incluso con heridas mortales.
El walkie crepita otra vez.
[!NOTE] COMANDO CENTRAL (GENERAL MARTÍNEZ)
— Comando central, aquí General Martínez. Los bombardeos no están funcionando. Repito, los bombardeos no están funcionando. Los infectados sobreviven a explosiones directas y siguen avanzando. Solicitamos autorización para usar armas químicas.
— Emergencia | Comando Militar
La respuesta llega inmediatamente: «Autorización denegada. Riesgo de contaminación demasiado alto. Mantengan el perímetro y esperen órdenes».
Pero puedo escuchar en la voz del general que sabe que están perdiendo esta guerra, que tal vez ya la han perdido. E incluso nosotros somos posiblemente los únicos civiles que conocen la verdad completa sobre lo que está pasando y por qué.
El búnker militar aparece en el horizonte como una fortaleza de hormigón y acero, pero cuando nos acercamos veo que algo está terriblemente mal. Las torres de vigilancia están vacías, las barreras de entrada están abiertas y hay vehículos militares abandonados esparcidos por el perímetro como juguetes rotos.
—No hay nadie —susurró Nuria mientras detenemos el tren a unos cientos de metros de la entrada principal.
El silencio es absoluto. No hay guardias, no hay movimiento, solo el viento moviendo papeles y banderas desgarradas. Pero lo más aterrador es que no hay cuerpos. En una base militar que claramente fue abandonada a toda prisa, debería haber evidencia de una batalla, de una evacuación caótica, pero no hay nada. Como si toda la guarnición hubiera simplemente desaparecido.
El Dr. Oriol Grau revisa sus instrumentos y su cara se pone pálida. —Los niveles de radiación están normales —dice—. No fue un ataque nuclear, pero hay algo más. Mis detectores químicos están marcando trazas de un compuesto que no reconozco, algo que no estaba en nuestros experimentos originales.
Entramos en el búnker con las armas preparadas, pero cada paso resuena en pasillos completamente vacíos. Las luces de emergencia siguen funcionando, creando un ambiente fantasmal de sombras rojas que bailan en las paredes de hormigón.
En la sala de comunicaciones encontramos equipos todavía encendidos, pantallas mostrando mapas de España con puntos rojos que se extienden como una infección por toda la península. Pero lo más perturbador son los informes que siguen llegando automáticamente: Sevilla, 78% de bajas civiles; Valencia, comunicaciones cortadas; Madrid, evacuación gubernamental completada.
Nuria encuentra un registro de audio que todavía está grabando. Lo reproducimos y escuchamos la voz desesperada de un oficial militar.
[!NOTE] AUDIO GRABACIÓN (OFICIAL MILITAR)
— Día 1, 23:47 horas. Los infectados han rodeado la base. No son como los reportes iniciales. Estos son diferentes, más organizados. Están usando tácticas, repito, están usando tácticas militares coordinadas. Algunos parecen retener conocimiento de su vida anterior. Un infectado que era sargento está dirigiendo a los otros en formaciones de asalto. Esto no es posible, pero lo estoy viendo con mis propios ojos.
— Bitácora Automática | Base Militar
El audio continúa y cada palabra es más aterradora que la anterior. Han cortado nuestras comunicaciones externas de forma sistemática, como si supieran exactamente qué cables cortar. Los infectados, que eran técnicos, están saboteando nuestros sistemas de defensa desde adentro. No están actuando por instinto. Hay inteligencia, hay memoria, hay propósito.
El general ha ordenado la evacuación inmediata, pero no sé si podremos salir de aquí. Están en todas partes y cada soldado que cae se levanta en minutos para unirse a ellos. Estamos luchando contra nuestros propios compañeros muertos. La grabación se corta con sonidos de disparos y gritos. Luego, silencio.
—Esto confirma mis peores temores —advirtió el Dr. Oriol Grau—: el virus está evolucionando más rápido de lo que pensamos. Los infectados de segunda generación no solo retienen conocimientos básicos, están desarrollando una inteligencia colectiva. Están aprendiendo de cada persona que infectan, acumulando conocimiento y habilidades.
Bajamos a los niveles inferiores del búnker buscando supervivientes o al menos más información, pero lo que encontramos es mucho peor. En el laboratorio médico de la base hay evidencia de experimentos apresurados: mesas de operaciones con correas rotas, jeringas usadas esparcidas por el suelo y frascos de vidrio que contienen muestras de tejido infectado que todavía se mueven dentro de los contenedores, pulsando con una vida antinatural.
Nuria examina las notas médicas y su cara se pone verde. —Estaban intentando crear una cura, pero también estaban experimentando con formas de hacer el virus más letal —exclamó Nuria—. ¡Hostia, mira esto!
«Sujeto 23, infectado modificado, muestra resistencia completa a daño por proyectil. Regeneración celular acelerada permite curación de heridas en tiempo real. Inteligencia táctica incrementada en 340% respecto a infectados base».
Las implicaciones son aterradoras. No solo estamos luchando contra un virus que reanima a los muertos, sino que alguien estaba intentando crear supersoldados infectados y, por la evidencia que vemos, tuvieron éxito.
En el arsenal del búnker encontramos algo que nos da una pequeña esperanza: armas experimentales diseñadas específicamente para combatir infectados, lanzallamas compactos, munición incendiaria y algo llamado disruptor neural que, según las especificaciones, puede interrumpir temporalmente la actividad cerebral infectada en un radio de 50 metros.
Pero también encontramos algo más perturbador: planes de evacuación que muestran que el gobierno español sabía del brote al menos 48 horas antes de que se hiciera público. Había planes para evacuar a funcionarios de alto nivel, para establecer zonas de cuarentena, para implementar la ley marcial. Todo estaba preparado, pero claramente no funcionó.
—Nos mintieron —acusó Nuria—, sabían lo que venía y no advirtieron a la población civil. ¡Cagüen la mar!, nos dejaron morir mientras ellos se ponían a salvo.
Sus palabras resuenan en los pasillos vacíos del búnker como una acusación. Hemos sido abandonados por nuestro propio gobierno, dejados para enfrentar solos este apocalipsis.
Subimos a la sala de comunicaciones principal para intentar contactar con otras bases militares o centros de gobierno, pero lo que escuchamos en las frecuencias de emergencia es desalentador: fragmentos de transmisiones desesperadas.
[!NOTE] FRECUENCIA DE EMERGENCIA (BASE ZARAGOZA)
— Base Zaragoza a cualquier estación. Hemos perdido contacto con Madrid. El gobierno ha sido evacuado a ubicación desconocida. Las ciudades principales están cayendo una por una.
— Señal Débil | Colapso Nacional
Pero hay algo más en las transmisiones. Algo que me hiela la sangre. Voces que suenan humanas, pero que hablan de forma extraña, con un ritmo antinatural.
[!NOTE] FRECUENCIA SECUESTRADA (CULTO RADIOTRANSMISIÓN)
— Hermanos de la nueva carne, la purificación avanza según el plan divino. Barcelona ha caído. Madrid será nuestra antes del amanecer. Únanse a nosotros o sean consumidos.
— Señal Extrema | Propaganda
Son los cultistas, pero ahora están usando frecuencias militares. Han capturado equipos de comunicación y los están usando para coordinar sus ataques.
El Dr. Oriol Grau intenta sintonizar frecuencias internacionales y lo que escuchamos es aún peor.
[!NOTE] CANAL INTERNACIONAL (VUELO IBERIA 6847)
— Mayday, Mayday, aquí vuelo comercial Iberia 6847. España está completamente oscura. No hay respuesta de ningún aeropuerto. Solicitamos permiso de aterrizaje de emergencia en Francia.
— Avión Comercial | Espacio Aéreo
La respuesta llega inmediatamente: «Negativo. Vuelo comercial. Espacio aéreo francés cerrado. Dirigirse a Reino Unido o Portugal».
Mientras intentamos procesar la magnitud de lo que está pasando, escuchamos algo que nos paraliza. El sonido de motores acercándose al búnker, vehículos, muchos de ellos viniendo hacia nuestra posición.
Nos asomamos por las ventanas blindadas y vemos una caravana de camiones militares y coches civiles acercándose por la carretera principal. Pero hay algo extraño en la forma en que se mueven. Los vehículos van demasiado despacio, demasiado coordinados, como si fuera una procesión en lugar de una evacuación.
Y cuando se acercan lo suficiente, puedo ver que los conductores no se mueven de forma natural. Tienen esa postura rígida, esos movimientos mecánicos que ya he aprendido a reconocer.
—Son infectados —susurró Nuria—, infectados que saben conducir.
El Dr. Oriol Grau está examinando los vehículos con unos binoculares y su cara se pone completamente blanca. —No solo saben conducir —advirtió el doctor—, están transportando algo... contenedores, equipos científicos y personas, personas vivas atadas en la parte trasera de los camiones.
La realización me golpea como un martillo.