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Piso 12

Vivir en el piso 12 tenía sus ventajas, como la vista de la ciudad devorándose a sí misma cada noche. Lo único realmente jodido eran los ascensores. Tengo sinusitis, y esa caída en picado hacia el vacío no solo me reventaba los senos nasales, sino que sentía cómo las paredes de mis cavidades oculares amenazaban con colapsar. Pero era un mal menor, o eso pensaba.

Aquella mañana, el ascensor se tomó su dulce tiempo. Después de lo que se me antojó una eternidad de escuchar mis propios latidos, me puse a hurgar en los bolsillos, buscando las llaves como un ritual inútil. Fue entonces cuando, al alzar la vista, lo vi: las puertas del ascensor de la izquierda estaban abiertas de par en par, como los brazos de un predicador enloquecido. No había sonido, ni el ding obsequioso, ni el chirrido metálico de rendija. Un silencio gordo y malsano. Debí haberme dado media vuelta y lanzarme por las escaleras, pero mi cerebro, en su infinita estupidez, clasificó el hecho como «suerte».

Al cruzar el umbral, el aire se transformó. Se volvió espeso, caliente, como entrar en los pulmones de una bestia enferma. Un hedor dulzón a cebolla fermentada en pus me hizo arder los pelos de la nariz. Las puertas se cerraron a mis espaldas sin que yo las viera moverse, tragándose el último resquicio de luz diurna. La jaula comenzó a descender con un temblor obsceno, y la presión en mis oídos no fue el leve tapón de siempre, sino que se convirtió en una aguja de hielo que me taladraba directamente el cerebro. Una migraña tan violenta que empecé a ver manchas danzantes en la oscuridad que ya se cernía sobre nosotros. El viaje se alargaba, el traqueteo era el de un féretro siendo arrastrado por piedras. Miré el indicador: un sangriento «12» parpadeaba, burlándose de mí. No estaba bajando; estaba cavando.

De repente, las luces murieron. No un apagón, sino una ceguera impuesta. La oscuridad era tan absoluta que podía sentir su textura contra mis párpados. El olor se intensificó, transformándose en el perfume de un vientre abierto, a fruta podrida y tripas. Empecé a toser, y el sabor en mi boca era a hígado pasado. El pánico, un animal vivo, me arañó por dentro. Golpeé las paredes, pero no sonaron a metal, sino a carne fibrosa y húmeda. Mis gritos no encontraron eco, solo fueron absorbidos por esa carcasa que respiraba.

Con un espasmo final, el ascensor se detuvo. El chirrido de los frenos sonó como el grito de un cerdo en el matadero. En la penumbra, el indicador encendió una «G» roja, del color de una herida reciente. ¿La planta baja? No. Esto era otra cosa.

Las puertas se abrieron con un gemido perezoso, escupiéndome en un vestíbulo que había olvidado la luz. La pintura de las paredes se había descamado, sustituida por una costra de hongos rojos y esponjosos que palpitaban suavemente, como si contuvieran un millar de corazones diminutos. El suelo crujía bajo mis pies no por la suciedad, sino por los cristales rotos y unos restos oscuros y fibrosos que preferí no identificar. En el centro del pasillo se abría una sima, un agujero negro del que emanaba un sonido: no era respirar, era el sonido húmedo y rítmico de unos pulmones llenos de líquido, una bomba de fango y descomposición.

Di un paso titubeante hacia aquella sala de pesadilla. El crujir a mis espaldas no fue el mío. Me giré. Una taza de café, o lo que quedaba de ella, rodó por una mesa y cayó al suelo con un tintineo sordo. Detrás, un pie pálido, de una blancura de gusano, con uñas largas y sucias, desapareció tras el marco de una puerta. No fue una huida. Fue un retiro.

Un suave golpeteo empezó a resonar a mi alrededor, procedente de todas las direcciones y de ninguna.

Ahora lo sé. Dondequiera que esté, no estoy solo. Y ellos… tienen hambre.

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