KAELEN DRAEMIR – Cap.1

Siempre me ha hecho gracia cómo la gente habla de los monstruos. Los imaginan con colmillos, garras y ojos encendidos como carbones al rojo. Pero los verdaderos monstruos no siempre dejan huellas en la tierra. A veces caminan entre nosotros. Se visten de humano. Sonríen. Aman. Y cuando llega la noche, vuelven a ser lo que siempre fueron: Hambre con forma.

Mi nombre es Kaelen Draemir y pertenezco a una familia que lleva siglos mirando a la oscuridad y devolviéndole la mirada. Mi padre solía decir que todos los Draemir nacemos con una deuda. Alguien, en algún momento, hizo un pacto que aún seguimos pagando. No sé si lo decía en serio o solo para asustarme, pero cuando lo vi morir, entendí que las palabras pueden tener peso incluso después de la muerte.

Crecí entre libros manchados de sangre, armas que olían a aceite viejo y rituales que jamás comprendí del todo. Mi abuela fue la primera en enseñarme a usar una estaca. Recuerdo su voz áspera, la manera en que me miraba sin pestañear, mientras decía: «Nunca apuntes a matar. Apunta a recordar por qué lo haces». Nunca lo entendí del todo, no hasta el día que tuve que limpiar su cuerpo, desgarrado por algo que no debería existir fuera de los sueños.

La primera lección del cazador es simple: Nunca subestimes lo que no entiendes. La segunda, mucho más cruel: A veces, tendrás que matar lo que amas.

Mi padre murió en una cacería. Me dejó una libreta vieja, una mancha de sangre en la tapa y una frase escrita en la primera página: «Sigue las sombras caer, en ahí es donde encontrarás la verdad». A veces me pregunto si lo que quiso decir era que yo era una de esas sombras.

He pasado años persiguiendo lo que acecha a los vivos: criaturas que respiran miedo, seres que se alimentan de la desesperación, presencias que se arrastran por los márgenes de la realidad. Algunos los llaman demonios, otros maldiciones. Yo sólo los llamo antiguos errores.

Cada región tiene su propio tipo de oscuridad. En Europa los monstruos son viejos, cansados, pero astutos. En América son jóvenes, impulsivos, violentos. Pero todos, sin excepción, comparten algo: Saben reconocer a un Draemir cuando lo ven. Y lo peor de todo, es que algunos parecen esperarnos.

No sé cuándo empecé a registrar mis historias. Tal vez porque la memoria es frágil. Tal vez porque, en algún punto, uno necesita dejar constancia de lo que vio o de lo que sobrevivió. Quizás solo busco que alguien, algún día, entienda lo que realmente significa ser un cazador.

Dicen que la herencia es lo que dejas a los que vienen detrás. La mía no es dinero, ni gloria, ni paz. La mía es una advertencia. Así que, si estás leyendo esto, si mis palabras te alcanzan desde algún rincón del tiempo, de la distancia, recuerda algo: no busques monstruos, a menos que estés dispuesto a encontrarte con el tuyo propio. Porque todos llevamos uno dentro. Y el mío aún me sigue esperando.

Hay noches en las que el silencio pesa más que el plomo. No el silencio natural de los bosques o las calles vacías, sino ese otro, más profundo, el que precede a la tragedia. Lo aprendí después de demasiadas madrugadas en vela, observando el fuego morir poco a poco mientras el viento parecía contener la respiración. En ese silencio, los monstruos escuchan. Y algunos responden.

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