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El Estigma de Redwater

Mi nombre es Charlie Hang, periodista freelance en Redwater City, y aquella mañana me despertó el estruendo ensordecedor de las sirenas, una cacofonía que desgarraba el amanecer. Una emisión de emergencia había secuestrado cada pantalla. Las palabras, frías y lapidarias, me golpearon como un martillo: «Alerta de emergencia. Brote de virus zombi confirmado». El presentador, pálido y visiblemente en shock, recitaba las instrucciones con una voz plana y distante: «Cuarentena recomendada. Eviten mordeduras. Disparen a matar si se ven amenazados».


El móvil vibraba con alertas idénticas. La gravedad de la palabra zombi, antes relegada a la ficción de serie B, me atenazó la boca del estómago, inyectándome un escalofrío gélido y punzante. Aparté las cortinas y miré la calle que, a esas horas, debería haber sido un hervidero de actividad. En cambio, se extendía un silencio espectral, roto solo por el lejano ulular de una sirena y el ocasional golpe metálico en el pavimento. Una ligera brisa traía una hediondez ácida a pólvora y ozono, mezclada con la pestilencia dulzona de los contenedores desbordados. En la distancia, una farola parpadeaba, proyectando sombras dentadas que otorgaban un movimiento fantasmal a una escena que ya era de por sí inquietante.

La calle estaba medio vacía, pero los pocos vecinos que quedaban se movían con una frenesí desquiciado, cargando maletas con el pánico escrito en el rostro. Una pareja se gritaba, debatiendo entre el abandono o el atrincheramiento. Los vehículos policiales pasaban zumbando, sus sirenas rasgando la tensa calma. La banda sonora de la vida normal había sido sustituida por un coro de caos y desesperación.

EL COLAPSO DIGITAL Y EL PRIMER TESTIMONIO:

En línea, las redes sociales ardían. La información fluía como un torrente nauseabundo: vídeos temblorosos de personas gritando mientras un infectado se lanzaba sobre ellas en un parking, live streams frenéticos que mostraban barricadas siendo barridas por turbas implacables, y fotos borrosas de víctimas de mordeduras que, tras yacer inmóviles, volvían a la vida con espasmos clónicos y horripilantes. Los hashtags se multiplicaban: #ZombiOutbreak, #RezadPorRedwater.

Un vídeo en particular me perforó la memoria: mostraba a un soldado ataviado con equipo completo abriendo fuego contra una multitud, con un pie de foto que sentenciaba: «Solo tiro a la cabeza. No hay otra forma de pararlos».

El pánico era palpable incluso a través de la pantalla. Mi instinto periodístico me ordenaba grabar, documentar, archivar cada minucia de este colapso global, pero el instinto de supervivencia pronto se impuso a la curiosidad. Esto no era una noticia, era mi vida. Me equipé a toda prisa: mi cámara, cargadores, algunas latas de comida y la única arma de que disponía, un viejo bate de béisbol, el cual se antojaba ridículo ante semejante hecatombe.

EL HALL DE LA ANGUSTIA Y LA LLUVIA DE MATERIA:

El latido de mi corazón retumbaba en mis oídos como un tambor de guerra. Abrí la puerta de mi apartamento y di un paso al vacío. El vestíbulo era una cacofonía de histeria. Un hombre con un traje de negocios arrugado gritaba al teléfono, exigiendo respuestas a alguien que, claramente, solo podía ofrecer silencio. Una chica joven, aferrada a una mochila, sollozaba sin consuelo. Mientras, una pareja de ancianos discutía amargamente, el marido tratando de arrastrar a su esposa hacia la puerta. Por encima de todo, el llanto aterrorizado de un niño perforaba el aire, su madre intentando calmarlo mientras miraba la salida con ojos desorbitados. El caos era asfixiante.

Me abrí paso a empujones a través de la masa de vecinos que se agolpaban en la entrada. Al salir, el aire me golpeó con el hedor de la tragedia. Una riada de gente huía por la calle principal, pero entre ellos se movían figuras con una marcha espasmódica y antinatural, los ojos vítreos y sin vida, las bocas abiertas en un rictus de hambre.

Un policía, encaramado a su patrulla, gritaba órdenes por un megáfono: «Mantengan la calma, diríjanse a la barricada». Pero sus palabras eran engullidas por los chillidos y las sirenas. De repente, la calle se rasgó con el estampido de varios disparos. Me giré justo a tiempo de ver a uno de los infectados desplomarse, la parte superior del cráneo destrozada por un impacto limpio. Una fina lluvia de materia cerebral y sangre negruzca salpicó el asfalto. El pánico estalló en la multitud.

Mi ansia periodística y mi miedo visceral colisionaron. Tomé un par de fotos temblorosas antes de que el policía me mirara, su expresión suplicándome: «¡Corre!». Y corrí. Me dirigí a un supermercado cercano, rogando por provisiones o un refugio temporal.

EL SAQUEO Y EL HORROR METALICO DEL GRIDLOCK:

Dentro del supermercado reinaba la anarquía. Los fragmentos de cristal crujían bajo mis botas mientras la gente, desesperada, arrancaba la poca mercancía que quedaba. Dos hombres se peleaban a puñetazos por un pack de botellas de agua. Los empleados habían huido hacía tiempo. En el fondo de un pasillo, una figura emergió de las sombras. Se tambaleaba con esa andadura de muñeco roto, su rostro manchado de sangre. El bate en mi mano se sintió de pronto como una rama endeble. Retrocedí sin hacer ruido, deslizándome de nuevo a la calle.

La intersección era un monumento al pánico. El tráfico estaba paralizado, una madeja caótica de bocinas y gritos. Los conductores golpeaban sus volantes, con los rostros desencajados por el terror. Vi a un hombre, cubierto de sudor, salir de su coche y huir a pie, dejando atrás a su familia. El ruido era ensordecedor, una sinfonía de la desintegración urbana.

Y en medio de ese atasco, se desató la masacre. El metal no era una defensa. Dos infectados se abalanzaron sobre un coche familiar, y a través del cristal oí el repicar sordo de los puñetazos contra la chapa, seguido del ruido húmedo de la rotura del vidrio. Los gritos de la mujer atrapada se cortaron. Comprendí que quedarse en el asfalto era la muerte.

El anuncio de emergencia, ahora, añadía una nueva directiva: «Diríjanse a zonas seguras designadas, si es posible». El estadio de Grand Park era el refugio más cercano, pero los rumores online decían que ya estaba saturado y, probablemente, comprometido. ¿Quedarse a morir, o arriesgarse a una huida incierta? Elegí las calles secundarias.

EL BAUTISMO DE SANGRE EN EL CALLEJON:

Me escabullí en un callejón para evitar la vía principal. El espacio era claustrofóbico, sus muros sucios garabateados con graffiti. A mitad de camino, oí un forcejeo adelante. Una joven madre, aferrando a un niño pequeño, estaba acorralada por dos figuras macilentas vestidas con restos de trajes de oficina. Sus chillidos me perforaron el alma, inmovilizándome. Pero la adrenalina me impulsó.

Apreté el bate y cargué. El primer golpe impactó contra el cráneo de uno de ellos, liberando un crujido seco y nauseabundo seguido de una violenta explosión de sesos y vísceras que salpicaron el muro de ladrillo. El zombi se desplomó como un saco. El segundo se lanzó contra mí, sus dientes amarillentos y podridos castañeteando. Esquivé su agarre y golpeé salvajemente su pecho y hombro, notando la sensación blanda y viscosa de los tejidos corrompidos cediendo. Finalmente, cayó.

Mis brazos temblaban, el bate resbaladizo por el pringe (pringa: grasa o sustancia pegajosa). La madre, Lucía, me dio las gracias entre sollozos histéricos, aferrándose a su hijo. Había matado a algo que una vez fue humano, y el peso de esa acción me cayó encima como una losa.

Mientras Lucía me contaba que su familia estaba al otro lado de la ciudad, un tercer superviviente irrumpió en el callejón. Raj, un hombre enjuto, empuñaba un machete afilado con la destreza de un cirujano desesperado. Había estado buscando un punto de rescate rumoreado. Formamos una alianza incómoda, pero necesaria. La supervivencia lo exigía.

LA ODISEA DEL SUV Y LA CARGA DE LA CULPA:

Cerca de una comisaría abandonada, encontramos un SUV abollado con las llaves puestas. El motor rugió a la vida como una promesa. La radio crepitó con un mensaje débil: «Todos los no infectados reúnanse en el refugio de Hillview. El ejército llegará al anochecer». Teníamos un destino.

Pero al conducir, la devastación se intensificó. Manchas enteras de edificios ardían, las llamas lamían hambrientas los esqueletos carbonizados. El humo se elevaba en espirales, velando el sol, y la fetidez a madera quemada y plástico fundido era constante. Las calles estaban sembradas de cadáveres, algunos inmóviles, otros agitándose en temblores post-mortem.

Varias veces tuvimos que abandonar el vehículo para sortear aglomeraciones de infectados. En un túnel, nos encontramos con una barricada de cuerpos que se movían. Raj, con su machete, se movió con una precisión fría y sanguinaria, cada golpe certero, separando carne de hueso con una eficacia escalofriante. Mi bate resonaba con golpes contundentes contra los torsos que quedaban, el gore de los enfrentamientos iniciales volviéndose una rutina espantosa.

El pequeño de Lucía lloraba suavemente, un recordatorio constante de la inocencia perdida en este infierno. Cada combate era una cuenta atrás.

EL ALIVIO FINO DE HILLVIEW:

Al despuntar el día, el refugio de Hillview apareció. El centro comunitario estaba fortificado, con vallas de tela metálica y alambre de espino. Soldados con fusiles patrullaban el perímetro, derribando a los rezagados. Nuestro maltrecho SUV se detuvo junto a las verjas. Un soldado nos hizo un gesto para que pasáramos.

El alivio me inundó, pesado y denso, al cruzar el umbral. Dentro, cientos de supervivientes se apiñaban. Médicos improvisados atendían heridas y las defensas improvisadas anunciaban la fragilidad del santuario.

Un soldado nos guio al interior: «Bienvenidos a Hillview. No es exactamente el paraíso, pero es mucho mejor que lo de ahí fuera». Lucía se desplomó de rodillas, abrazando a su hijo. Raj y yo intercambiamos una mirada de cansancio y entendimiento: nuestra frágil alianza nos había salvado.

Al mirar el horizonte en llamas de Redwater, sentí un orgullo hueco. Habíamos sobrevivido al primer día. Pero la crisis no era local, no estaba contenida. El sol bañaba la destrucción con una luz dorada y cruel, recordándonos el nuevo mundo al que nos enfrentábamos. Por ahora, sobrevivir era suficiente. Mañana traerá nuevos horrores, nuevas batallas, pero por este instante, teníamos el uno al otro, una esperanza tenue y la voluntad inquebrantable de perdurar.

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La Cicatriz de Sunset

Mi nombre es Evelyn Chen y hasta el día en que todo se desmoronó por completo, yo residía en un apartamento en la decimocuarta planta de Sunset City. Recuerdo haberme acostado con una desazón profunda; las noticias de disturbios y la creciente tensión social se repetían en bucle en mi cabeza. No obstante, nada en aquellos informes auguraba lo que vendría después. No, la imagen de fuegos incontrolados devorando la urbe, con muertos que caminaban, era material para pesadillas de celuloide, no para la cruda realidad.

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