El aire en el helicóptero era denso, pesado, una mezcla irrespirable de sudor frío, pólvora quemada y el insidioso hedor a muerte que se había pegado a nuestra piel. Nos elevábamos, sí, pero no era una huida, sino un escalofriante censo de lo que habíamos dejado atrás. Abajo, Riverton era un cementerio iluminado por el caprichoso baile de las llamas, un retablo de caos y desolación donde cada esquina albergaba un nuevo horror. Yo, el sargento DNE Martínez, líder del equipo SWAT, me aferraba al fusil, no como un arma, sino como a un ancla que me impedía deslizarme a la locura.
Mi respiración, antes un jadeo rabioso, se había calmado hasta convertirse en un siseo áspero. La pérdida de Gaines, un tipo duro como el granito y con el que había compartido incontables servicios, me taladraba el pecho, un dolor mudo y profundo. Su sacrificio, ese último flashbang arrojado con la resignación del héroe que acepta su destino, era el clavo ardiendo al que me agarraba para justificar lo que habíamos hecho y lo que vendría. Miré a los pocos supervivientes: caras cenicientas, ojos que reflejaban el infierno, cuerpos que temblaban bajo el velo del shock. Eran los jirones de nuestra civilización.
EL ESPECTRO DE LA TRANSFORMACION Y LA CULPA SILENCIOSA:
El rugido de las aspas cortaba la noche, pero el silencio en mi cabeza era ensordecedor. El recuerdo de nuestro compañero, el oficial herido, mordiéndose el brazo con ese hambre antinatural y salvaje, era una imagen que nunca se borraría. No era ya un hombre, sino un mecanismo de destrucción, una marioneta de carne pútrida y dientes afilados. La traición de dejarle atrás, la orden fría de priorizar a los vivos sobre el horror en proceso de incubación, se sentía como una cicatriz moral. Kent, el recluta, estaba encogido a mi lado, la cara oculta entre las rodillas. Sé que él también cargaba ese peso, la certeza de que el juramento de proteger y servir se había roto por la brutalidad pragmática de la supervivencia.
En ese momento, una transmisión parásita se coló por el intercom, apenas audible sobre el estruendo del helicóptero: «—…la inoculación vírica se propaga por contacto salival y hemático, el período de incubación es fulminante… no hay respuesta a la agresión somática, solo el traumatismo craneoencefálico detiene el proceso metabólico aberrante… Repito: ¡No es rabia, es reanimación celular necrótica!—». La voz se disolvió en un chillido electrónico. La ciencia, la puta ciencia, poniéndole nombre a nuestro Armagedón de carne y hueso. No era una droga, no era una conspiración geopolítica; era una plaga, una marea biológica que revertía el ciclo de la vida con una eficiencia pavorosa.
LA CIUDAD DEVORADA: UN MOSAICO DE DESTRUCCION GORE:
A medida que el helicóptero giraba, Riverton se reveló como un mapa detallado del desastre humano. Los destellos de los incendios no eran ya meras luces, sino las piras funerarias de vecindarios enteros. En la autopista, se veía una montaña de vehículos chatarreados, un amasijo metálico bajo el cual se adivinaban, trozos sanguinolentos y extremidades cercenadas. No eran ya cadáveres; eran materia orgánica mutilada, dispuesta en un festín de carroña que los infectados, incansables y lentos, seguían celebrando.
Observé por la ventana cómo, en un tejado de un centro comercial, dos figuras luchaban. Un superviviente desesperado se defendía con un trozo de viga oxidada contra tres de esos espectros pálidos. Le mordieron el cuello. La arteria yugular se abrió como un grifo, rociando la azotea con un chorro oscuro y caliente. El grito se perdió en el viento, pero la imagen, atroz y vívida, quedó grabada a fuego. Era un carnaval de la carne, una orgía de la destrucción donde el rojo carmesí de la sangre fresca contrastaba con el pardo terroso de la ropa destrozada y el blanco enfermizo de la piel muerta. Un escalofrío me recorrió el espinazo. No era solo el miedo, sino la náusea visceral ante la crueldad implacable de la nueva realidad.
EL HANGAR PROMETIDO Y LA AMARGA ESPERANZA:
A las afueras, bajo un cielo que empezaba a clarear con un gris acerado, se vislumbró un hangar militar fortificado, rodeado de alambradas y focos potentes. El Punto de Evacuación Final, el arca en medio del diluvio. El piloto, con voz tensa, nos confirmó que era allí donde la Guardia Nacional trataba de establecer una cabeza de playa, un último bastión antes de que todo se fuese, literalmente, al garete.
Aterrizamos con un golpe seco que nos devolvió a la realidad. Fui el primero en bajar, mi fusil escupiendo ráfagas cortas y controladas para despejar el perímetro de un par de rezagados mordedores que se habían acercado al ruido. El ambiente era de una tensión palpable, no de seguridad. Soldados con ojos de halcón y rostros cubiertos de hollín nos dirigieron a un puesto médico improvisado. Mientras la enfermera revisaba las heridas superficiales de los civiles, me dirigí a un coronel con galones en el pecho.
«Sargento DNE Martínez, Riverton PD SWAT. Hemos perdido a la mitad del equipo, coronel. La ciudad ha caído. ¿Cuál es el puto plan?».
El coronel no pestañeó. Su voz era grave, rota y autoritaria: «No hay un puto plan, sargento. Sólo hay un Protocolo de Contención Desesperada. Hemos perdido la capital, las zonas costeras están saturadas. Esto no es una epidemia, es el colapso global. Ustedes son supervivientes con entrenamiento, carne de cañón valiosa ahora. Mañana, al alba, nos reagrupamos y nos dirigimos a la sierra. Hay rumores de un cordón sanitario en las montañas. Vida o muerte, sargento. No hay más menú«.
Me quedé en silencio, sintiendo el peso de sus palabras. La promesa de que la vida persistía no era un consuelo, sino una condena a la lucha eterna. Miré a Kent, quien por fin levantó la vista. Sus ojos ya no eran los de un recluta, sino los de un veterano prematuro. Me di cuenta de que no solo habíamos sobrevivido al primer día; nos habíamos transformado en algo más en el proceso: supervivientes de un mundo muerto, listos para enfrentarnos a la sangre, el gore y el terror que el destino nos deparase. Y con esa resolución de acero martilleando mi sien, supe que no había marcha atrás. Lucharíamos hasta que la última bala se gastase o el último aliento se extinguiese.
LA INOCULACION DEL HORROR Y LA PARADOJA DEL JURAMENTO:
El hangar apestaba a cloruro y desinfectante barato, un patético intento de imponer orden biológico en el desorden cósmico que se había desatado. Mientras la enfermera me suturaba un corte profundo en el hombro, cortesía de una ventana rota y no de un mordisco, el coronel, un hombre macizo cuyo rostro parecía tallado en madera vieja y amarga, me soltó el dossier: el Protocolo de Contención Desesperada. No era un plan; era una retirada estratégica disfrazada de misión.
«Mire, sargento. Olvídese del ‘proteger y servir’. Eso ya no existe. La Policía está desmantelada, el Gobierno es una sopa de decretos inútiles y Riverton es un plato de vísceras para la plaga«, sentenció con una voz ronca que no admitía réplica. «Nuestra misión ahora es simple, y me duele en el alma: selección natural asistida. Formaremos células de guerrilla y avanzaremos hacia el interior. La amenaza no piensa, sargento. Son puro instinto predador, una fuerza cinética que solo entiende de traumatismo masivo. Debemos ser tan fríos y despiadados como la situación lo exige.»
El concepto de «célula de guerrilla» se incrustó en mi cerebro. Significa: ataque rápido, silencio total, retirada inmediata. Utilizar la brutal inercia de los ‘caminantes’ —como el coronel los llamaba con un desprecio helado— contra ellos. Emboscadas, trampas, el caos táctico en lugar de la línea de batalla. Y en un apocalipsis de gore y podredumbre, eso significaba ensuciarse hasta el tuétano.
Miré a Kent. Había salido del shock para entrar en una especie de calma catatónica. Estaba afilando el borde de su machete, el mismo que había usado para decapitar al oficial infectado, su mirada fija en el filo, ausente. Su nerviosismo juvenil se había evaporado, reemplazado por la frialdad metálica del que ha cruzado el umbral del horror y ha renunciado a la inocencia.
«Sargento», me llamó el coronel, entregándome una caja de munición. «Solo munición del calibre adecuado y punta hueca. Y una cosa más: si ve a un civil que compromete la seguridad operativa… lo neutraliza. ¿Entendido?».
La sangre se me heló. Neutralizar. El verbo administrativo para el asesinato necesario. Asentí. Sentí que no solo había perdido mi ciudad, sino también mi brújula moral. Ahora solo me quedaba el instinto de manada y la disciplina brutal.
LA MUTILACION EMOCINAL: UN DUELO BAJO EL HANGAR:
La noche se cernió sobre nosotros, densa y sin estrellas. La luz de los focos proyectaba sombras danzantes que parecían moverse con vida propia. Me encontré un momento a solas, ajustándome el equipo, sintiendo el peso de las placas de Kevlar. El olor a cueros viejos y sudor fermentado me recordaba que, bajo la armadura, aún había un hombre, aunque ese hombre estuviera quebrado.
Kent se acercó, su machete ahora envainado a la espalda. No necesitaba hablar. La presión atmosférica de su angustia era suficiente.
«Gaines era mi mentor, sargento,» susurró con una voz áspera, como papel de lija. «Siempre decía que en este trabajo, si no salías con la conciencia limpia, salías con el alma sucia.»
Le di un golpecito en el hombro, sintiendo la tensión de los músculos bajo el uniforme. «Gaines nos salvó, muchacho. Su conciencia estaba limpísima, porque eligió el dolor menor para el bien mayor. Eso es un juramento cumplido a la manera del apocalipsis. El oficial mordido… él ya se había ido. Tú solo detuviste la propagación del veneno.»
La explicación era fría, clínica, desprovista de toda empatía, como la que un cirujano da al amputar una extremidad. Era la única manera de sobrevivir a esto: mutilar las emociones para que el cuerpo pudiera seguir luchando. Pero al decir esas palabras, sentí el ácido de la mentira en mi propia boca. Sabía que la imagen de Gaines despedazado y la del colega transformándose nos perseguirían hasta el día en que, si teníamos suerte, nos convirtiéramos nosotros también en un bocado errante.
LA PARTIDA SILENCIOSA: RUMBO AL CORAZON DE LA TIERRA:
Al amanecer, con el cielo teñido de un rojo enfermizo, preparamos la partida. Los vehículos blindados que quedaban estaban pintados de colores terrosos, camuflaje contra un enemigo que no miraba, sino que percibía el calor y el ruido. Formamos en silencio. Diez equipos, cada uno una minúscula célula destinada a la guerra de guerrillas en la desolación.
Nuestra ruta: los bosques boreales que circundaban la sierra. Terreno abrupto, ideal para las emboscadas, y donde los ‘caminantes’, torpes y numerosos, se verían entorpecidos por la vegetación. No buscábamos la batalla abierta; buscábamos el silencio mortuorio de la retirada táctica.
El coronel nos despidió con un apretón de manos brusco, el rostro duro como el hierro forjado. «Recordad: una bala en la cabeza, siempre. Y si os muerden, no comprometáis al grupo. Vuestro último servicio es acabar con el veneno antes de que os consuma.»
Nuestras mochilas estaban cargadas con lo esencial: latas de comida rancia, munición, medicinas y un hacha de emergencia. El vehículo arrancó con un estruendo contenido, y nos deslizamos fuera del perímetro, dejando atrás el hangar.
Miré hacia Riverton por última vez. La ciudad seguía ardiendo, un monumento a la estupidez humana y a la ferocidad viral. Ya no éramos SWAT; éramos espectros blindados, los últimos soldados de una guerra perdida que se negaban a rendir sus almas. El Protocolo de Contención Desesperada había comenzado. El aire de la sierra sería frío, pero no tanto como el hielo que empezaba a formarse en mi corazón. Y en el fondo, una certeza sombría: el verdadero terror no estaba fuera, acechando, sino dentro, en la frialdad que necesitábamos para sobrevivir.
HUMUH STUDIO