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La Cicatriz de Sunset

Mi nombre es Evelyn Chen y hasta el día en que todo se desmoronó por completo, yo residía en un apartamento en la decimocuarta planta de Sunset City. Recuerdo haberme acostado con una desazón profunda; las noticias de disturbios y la creciente tensión social se repetían en bucle en mi cabeza. No obstante, nada en aquellos informes auguraba lo que vendría después. No, la imagen de fuegos incontrolados devorando la urbe, con muertos que caminaban, era material para pesadillas de celuloide, no para la cruda realidad.


EL DESPERTAR A LA PESTILENCIA:

La pesadilla se hizo carne cuando el espeso velo de humo y el parpadeo naranja de las llamas, reflejándose en las paredes de mi dormitorio, me arrancaron del sueño. Mi teléfono vibraba incesantemente, atestado de alertas de emergencia; cada una más perentoria, más aguda, que la anterior. Aún medio dormida y terriblemente desorientada, me arrastré hasta la ventana. El estómago se me revolvió con un súbito y violento espasmo: la ciudad era una hoguera masiva, un infierno incandescente que proyectaba una luz espectral y apocalíptica sobre las calles.

Aun desde esta altura, distinguía movimientos antinaturales en el caos de abajo. Figuras que no caminaban, sino que arrastraban sus cuerpos con espasmos grotescos, una incorrección que mi instinto catalogó como algo horripilantemente erróneo. El pánico engulló las calles. Las alarmas ululaban, un coro estridente que competía con el crepitar del fuego y el estrépito de los cristales que reventaban. Los gritos rasgaban la cacofonía, un sonido humano de dolor y terror que se mezclaba con el siseo hambriento de las llamas.

El corazón me golpeaba contra las costillas, mi mente me ordenaba atrancar la puerta y rogar que el incendio se extinguiera solo. Pero al encender la televisión, cada canal repetía la misma y escalofriante advertencia: «Eviten el contacto. Los infectados son violentos y extremadamente contagiosos. Busquen refugio o evacuen de inmediato». ¿Evacuar a dónde? Las calles estaban desbordadas, el fuego trepaba pisos y la humedad del aire se había tornado ceniza. Quedarme era condenarme a una trampa de humo en las alturas.

Mi mente trabajó a toda prisa, hilvanando un plan de supervivencia patético: el móvil, una mochila diminuta con agua, una linterna, y una bufanda para filtrarme el aire ceniciento. Abrí la puerta al pasillo.

EL SUCIO ENCUENTRO EN EL DÉCIMO:

El aire era una sopa espesa de humo y hollín. La alarma del edificio chillaba sin pausa. Tosí, los ojos me ardían mientras avanzaba a tientas. Entonces, se produjo el sonido: un gemido ahogado, húmedo, articulado por algo o alguien justo al doblar la esquina. Me congelé, pegándome a la pared. Apreté la linterna con la fuerza de un arma. No tenía un plan de combate, solo la certeza de que detenerme era morir.

Paso a paso, agónico e incierto, alcancé la caja de escaleras. Mi respiración era superficial y temblorosa, atenta a cualquier indicio de peligro. En el descansillo del décimo piso, la puerta estaba entornada. Por la rendija, vi al señor Tanimura. O, mejor dicho, vi lo que quedaba de él.

Siempre había sido un vecino afable, de los que te ofrecían té. Ahora, estaba encorvado, con los ojos vacíos, y su boca estaba embadurnada con una sustancia oscura y viscosa. No necesité pensarlo dos veces: era sangre, reciente, abundante. El pánico me atenazó la garganta. Al oír el levísimo crujido del suelo bajo mi zapatilla, se giró. Sus movimientos eran espasmódicos, dislocados, una parodia macabra de la vida.

«Señor Tanimura…», la palabra fue un susurro estúpido. Él se abalanzó. Reaccioné por puro instinto animal, echándome hacia atrás. Una viga del techo, ardiente y pesada, se desplomó justo entre nosotros, el calor abrasándome la piel. No parpadeó. Impulsado por un hambre inhumana, una necesidad primigenia y brutal, siguió avanzando. Sin arma ni estrategia, le empujé con toda la fuerza del terror. Su cuerpo desvencijado rodó por las escaleras, el sonido de su descenso fue una secuencia de golpes secos y escalofriantes, terminando con un ruido de carne húmeda y hueso roto al impactar contra el fondo del pozo. Jadeé, con náuseas, sin tiempo para el duelo.

El PUENTE A LA DESESPERACION:

Los pisos inferiores estaban peor. El humo ascendía en gruesas bocanadas desde el quinto, el calor insoportable. Las llamas lamían los muros de la escalera, y el hueco se llenó de los gemidos arrastrados de más infectados, atraídos por la conmoción. Tuve que retroceder, mi mente gritando: la azotea. Quizá, solo quizá, se podía cruzar al edificio contiguo. Recordaba haber visto una escalera de servicio que unía ambos terrados. Era una locura, pero era mi única baza.

Emergí a la azotea, tosiendo con violencia. El aire cargado de ceniza me quemaba los pulmones. La ciudad se extendía a mis pies, una estampa de la propia gehena. Entre la humareda, vi una figura agazapada cerca de un aparato de aire acondicionado.

«¡Eh!», grité, medio esperando que se lanzara sobre mí como el señor Tanimura. En su lugar, se inmovilizó y se giró despacio. Era un chico joven, tal vez universitario, agarrando una pata de cabra con manos temblorosas. Aiden.

«Creí que estaba solo…», dijo con voz rota. No hubo efusividad, solo un asentimiento de comprensión brutal. Juntos, observamos el vacío. La escalera de servicio seguía allí, un puente angosto y oxidado sobre un abismo de quince pisos.

«Tenemos que saltar», anuncié, mi voz más firme de lo que sentía. La distancia no era insalvable, pero el simple hecho de fallar, de ser arrastrada por la caída, me hizo sentir un vacío atroz en el pecho. Fui la primera. Salté con el corazón en la garganta. Aterricé con una sacudida brutal, mis rodillas raspando contra el hormigón rugoso. Lo logré. Aiden me siguió, su pata de cabra resonó metálicamente al caer, y él se desplomó. Permanecimos en el suelo un instante, recobrando el aliento que la adrenalina nos había robado.

Pero el peligro persistía. La puerta de la azotea del edificio nuevo estaba sellada. Aiden, sin mediar palabra, alzó la barra y golpeó. El sonido metálico se elevó como una sirena en la mañana, cada golpe un anuncio de nuestra posición. Finalmente, el cerrojo cedió con un chasquido. Nos deslizamos dentro.

MASACRE EN LA CALLE Y ALIANZA DE SUPERVIVENCIA:

El nuevo inmueble no era un refugio. La escalera estaba oscura, silenciosa, peor que el bullicio, pues el aire apestaba a humo y una descomposición dulzona y enfermiza. Los reflejos de los fuegos de fuera apenas iluminaban la negrura, pero bastaban para revelar sombras bamboleantes. En la séptima planta, nos detuvimos en seco: un grupo de infectados bloqueaba el corredor hacia la salida de emergencia.

Nos arrastramos contra la pared, el corazón galopando. Cada crujido de la madera amenazaba con delatarnos. Pasamos a escasos metros de ellos, sus formas contrahechas y espasmódicas temblando bajo la luz tenue. Fue Mia la que nos vio primero.

Sucedió tan rápido como un rayo. Mia, una mujer con el rostro cubierto de hollín, estaba acurrucada junto al ascensor. Al vernos, se levantó de golpe, tropezó, y el ruido alertó a los no muertos. Un infectado se lanzó sobre ella, su mandíbula abierta revelando dientes astillados. Aiden gritó un improperio y se lanzó. Oí el impacto atronador del metal contra el cráneo, un sonido nauseabundo de hueso que se fragmenta y algo blando que cede. Una lluvia de sangre negruzca y restos cerebrales salpicó la pared. Evelyn, por su parte, agarró un extintor de pared y lo estampó contra el rostro del siguiente, cegándole momentáneamente. La lucha fue cuerpo a cuerpo, desesperada, brutal. Chirridos, gruñidos, el sabor metálico de la sangre en el aire. Al terminar, solo quedaban los restos. Mia, pálida como el yeso, nos miró con gratitud.

Junto a ella estaba Dante, un hombre corpulento y silencioso que empuñaba un martillo de demolición. No hubo necesidad de preguntas. El apretón de manos era un pacto de sangre y supervivencia.

Al emerger a la calle, el espectáculo fue insoportable. Sunset City era un páramo de coches calcinados, cristales pulverizados y cadáveres esparcidos, algunos a medio devorar, otros aún coleando en espasmos terminales. El amanecer, rojizo y denso por el humo, se mezclaba con el resplandor de las llamas.

Fue entonces cuando los oímos: gritos. Un pequeño grupo de supervivientes acorralado por una horda mayor bajo un paso elevado derrumbado. El puño de Aiden se apretó sobre la pata de cabra. No podíamos dejarlos. Nos flanqueamos con un silencio de cazadores. Me lancé con la linterna, ahora más un mazo, mientras Aiden golpeaba con la ferocidad de un animal acorralado. El crujido del hueso al ser impactado se convirtió en el único lenguaje, la única música de este nuevo amanecer. La sangre, caliente y pegajosa, nos roció la ropa, el pelo y el rostro. Un infectado me agarró el brazo, sentí sus uñas sucias rasgando mi piel antes de que Dante lo apartara con un golpe limpio que partió su cuello.

EL CAMINO DEBORADO:

Dos supervivientes más, con las caras demacradas, se unieron a nuestra estela: un joven que apenas podía caminar y una anciana que se aferraba a un rosario. Había terminado el combate, solo un asentimiento sombrío de entendimiento mutuo. Cuando por fin llegamos a la vieja estación de autobuses, la ciudad ardía en un infierno total.

Milagrosamente, una vieja carcasa de autobús, llena de abolladuras pero con combustible, esperaba. Dante encontró las llaves y el motor rugió a la vida. Nos amontonamos dentro, el vehículo gimiendo bajo el peso de nuestro miedo, nuestra esperanza y nuestra recién descubierta y brutal humanidad.

Mientras conducía a través de las calles humeantes, sorteando escombros y manadas de no muertos, eché un último y fugaz vistazo a Sunset City por el retrovisor. El humo negro se elevaba en columnas macizas, un monumento fúnebre a todo lo que habíamos perdido. Pero habíamos sobrevivido a la primera noche. Esta pequeña e improbable banda, sellada con sangre y ceniza, avanzaba decidida a encontrar algo, lo que fuera, más allá de las llamas y la peste. El horizonte brillaba con una promesa frágil de otro amanecer, una luz guiando nuestro camino hacia la incerteza.

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