espt

CAPÍTULO 1: EL PRIMER VISITANTE


CRÓNICAS VAMPÍRICAS // EXPEDIENTE 1725

CAPÍTULO 1: EL PRIMER VISITANTE

UBICACIÓN: KISILJEVO, SERBIA
ESTADO: CLASIFICADO
SUJETOS: 10 REGISTRADOS

La muerte de Petar Blagojević fue silenciosa y ordinaria, un trámite gris en una comunidad donde la vida se metía por las cosechas y las penurias del invierno. Un día de pleno verano de mil setecientos veinticinco, el viejo Petar, un hombre de pocas palabras que apenas levantaba la mirada del suelo cuando cruzaba la plaza del pueblo, simplemente dejó de respirar en el rincón oscuro de su humilde cabaña. No hubo una larga enfermedad que diera tregua a sus vecinos, ni un lecho de muerte rodeado de familiares que lloraran su partida con desgarradores lamentos; la parca se lo llevó en cuestión de horas, de manera abrupta, como si una mano invisible hubiera soplado la frágil vela de su existencia.


El primer visitante
ARCH. 1725 // KISILJEVO

Los pocos vecinos que acudieron a su morada cumplieron con el ritual estrictamente obligatorio. Su cuerpo rígido fue lavado con agua fría sacada del pozo comunal, amortajado con una sábana de lino burdo, áspera y descolorida, y cargado sobre unas parihuelas de madera de roble hasta el camposanto del pueblo. A dos metros exactos de profundidad, bajo la tierra arcillosa, densa y fría del cementerio custodiado por cruces de madera carcomida por la humedad, fue depositado su ataúd de tablas mal cortadas.


El entierro
SECTOR 04 // SEPULTURA

El sacerdote del pueblo murmuró un corto responso en latín que casi nadie entendió, los hombres se cruzaron el pecho con dedos toscos y callosos, y todos regresaron rápidamente a sus hogares, aliviados de que el viejo hubiera partido al fin sin causar grandes molestias ni requerir atenciones especiales. Para ellos, Petar era ya un capítulo cerrado, una sombra más que se sumaba al olvido colectivo de la tierra. Pero la precaria paz de Kisiljevo duró exactamente diez días. Diez días de silencio campestre, de trabajo bajo el sol abrasador y de noches tranquilas donde los grillos y el viento eran los únicos dueños de la oscuridad.

El undécimo día, la tragedia golpeó a la comunidad con la fuerza brutal de un mazo de hierro. La maldición no eligió a los débiles ni a los enfermos crónicos; atacó al azar, sembrando el caos de manera implacable. Nueve personas, residentes de distintas familias y ubicadas en extremos opuestos de la aldea, cayeron repentinamente en una fiebre ardiente, súbita y delirante que parecía fundirles la sangre desde el interior.


Brote súbito 9:16
ANOMALÍA // 9:16
REGISTRO DE CAMPO // EVIDENCIA B

LA FIEBRE DEL UNDÉCIMO DÍA

No sufrieron una larga y piadosa agonía; sus cuerpos colapsaron por completo en menos de veinticuatro horas de terror físico. Sus rostros se tornaron de un gris cadavérico, profundamente ceniciento, sus labios se agrietaron y secaron por una sed imposible de calmar, y lo más perturbador de todo: en sus cuellos aparecieron dos diminutas marcas circulares, de un rojo violáceo y profundo, dispuestas con una precisión geométrica letal.


Las marcas en los cuellos
EVIDENCIA // MARCAS VASCULARES

Pero lo más aterrador, lo que comenzó a desquiciar las mentes de los habitantes antes incluso de que los cuerpos se enfriaran, no fue la velocidad fulminante con la que murieron, sino lo que dijeron, balbucearon y gritaron antes de exhalar su último y desesperado suspiro. Uno a uno, en sus respectivos lechos de muerte, con los ojos completamente desorbitados por el terror más puro y primario, los nueve aldeanos repitieron exactamente el mismo nombre, como si una fuerza superior les obligara a pronunciarlo.

Murmuraron con voz ronca y quebrada que por las noches, justo cuando la oscuridad más densa envolvía las pequeñas habitaciones y las velas de sebo se consumían hasta apagarse, la pesada puerta de madera crujía con suavidad. Decían que una sombra alta, pesada, de una consistencia densa y helada, se deslizaba desde el umbral hasta los pies de sus camas. Y que al levantar la vista, a pesar de la negrura de la estancia, veían con absoluta claridad la cara pálida, inconfundible y sin vida de Petar Blagojević, mirándoles fijos a los ojos con una fijeza inhumana.


La sombra en la habitación
REGISTRO OCULAR // NOCTURNO

La última en caer en aquella masacre silenciosa fue la anciana Milica, una mujer respetada y de fuerte carácter en el pueblo. Antes de que su corazón se rindiera por completo y su respiración se detuviera para siempre, su familia, aterrada y aglutinada alrededor de la cama, juró ante el sacerdote local que Milica había sufrido un ataque de pánico tan violento que se incorporó de golpe, arañando las sábanas con sus propias uñas hasta desgarrarlas, mientras gritaba con una potencia impropia de su edad:

«¡Anoche vino! ¡Se sentó directamente sobre mi pecho, aplastándome los pulmones! ¡Sentí sus dientes fríos, afilados como cuchillas, desgarrar la piel de mi garganta mientras me ahogaba lentamente en mi propia sangre! ¡Escúchenme bien todos! ¡Petar no está muerto! ¡Petar camina entre nosotros por las noches!»


El terror de Milica
TESTIMONIO // MILICA

Tras las palabras finales de Milica, el pueblo entero enloqueció de golpe. El miedo colectivo se apoderó de las calles polvorientas como una plaga invisible y venenosa que no respetaba a nadie. Las familias, presas de un pánico irracional, comenzaron a trancar sus puertas y contraventanas con tablones de madera gruesa clavados a martillazos, colocaban cruces fabricadas con cera bendita en cada rendija y grieta por donde pudiera colarse el aire, y encendían enormes hogueras en los patios delanteros que alimentaban sin descanso para que no se apagasen ni de día ni de noche, buscando desesperadamente el calor y la luz que ahuyentaran lo desconocido.


Hogueras y pánico
CONTENCIÓN // PERÍMETRO SEGURIDAD

Pero el horror generalizado alcanzó cotas absolutamente insoportables cuando la propia viuda de Petar Blagojević protagonizó un acto tan desconcertante e impensable que terminó por romper la frágil cordura de la comunidad. En plena madrugada, en medio de una oscuridad absoluta y un silencio sepulcral, la mujer abandonó precipitadamente su hogar sin coger sus pertenencias, cruzó los campos corriendo a toda velocidad con lágrimas descontroladas surcando su rostro y se refugió en lo más profundo de los bosques vecinos, negándose rotundamente a volver a pisar la aldea o a dormir bajo techo humano.

A los pocos días, cuando algunos vecinos valientes se adentraron en el bosque y la encontraron tiritando de frío bajo un roble, la mujer les confesó con la mirada perdida y la voz rota por el llanto que su difunto esposo se había presentado en su alcoba exactamente a la medianoche. No fue a atormentarla con gritos ni con violencia física; apareció con una calma helada, casi cortés, exigiéndole con voz ultraterrena sus zapatos y sus pertenencias personales más queridas, mientras respiraba pesadamente exhalando un aliento nauseabundo que olía intensamente a tierra húmeda, a putrefacción subterránea y a carne descompuesta.


La viuda en el bosque
AISLAMIENTO // BOSQUE OESTE

REGISTRO DE ARCHIVOS // ÍNDICE GENERAL
ESTADO: ABIERTO

DOC. 00
El Origen en la Sombra
PENDIENTE


DOC. 01
El Primer Visitante
ACTUAL


DOC. 02
La Inquisición de Belgrado
CLASIFICADO


DOC. 03
Cartas desde el Cementerio
CLASIFICADO


DOC. 04
El Juicio de los Médicos
CLASIFICADO


DOC. 05
Eternidad en el Olvido
CLASIFICADO

Check Also

DOC. 01 EL PRIMER VISITANTE

DOSIER CENTRAL // ARCHIVOS CLASIFICADOS 1725 CAPÍTULO 1: EL PRIMER VISITANTE UBICACIÓN: KISILJEVO, SERBIA ACCESO: …

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *