CAPÍTULO 1: EL PRIMER VISITANTE
La muerte de Petar Blagojević fue silenciosa y ordinaria, un trámite gris en una comunidad donde la vida se medía por las cosechas y las penurias del invierno. Un día de pleno verano de mil setecientos veinticinco, el viejo Petar, un hombre de pocas palabras que apenas levantaba la mirada del suelo cuando cruzaba la plaza del pueblo, simplemente dejó de respirar en el rincón oscuro de su humilde cabaña. No hubo una larga enfermedad que diera tregua a sus vecinos, ni un lecho de muerte rodeado de familiares que lloraran su partida con desgarradores lamentos; la parca se lo llevó en cuestión de horas, de manera abrupta, como si una mano invisible hubiera soplado la frágil vela de su existencia.
DOC. 01 // LA MUERTE DEL VIEJO PETAR
Los pocos vecinos que acudieron a su morada cumplieron con el ritual estrictamente obligatorio. Su cuerpo rígido fue lavado con agua fría sacada del pozo comunal, amortajado con una sábana de lino burdo, áspera y descolorida, y cargado sobre unas parihuelas de madera de roble hasta el camposanto del pueblo. A dos metros exactos de profundidad, bajo la tierra arcillosa, densa y fría del cementerio custodiado por cruces de madera carcomida por la humedad, fue depositado su ataúd de tablas mal cortadas. El sacerdote del pueblo murmuró un corto responso en latín que casi nadie entendió, los hombres se cruzaron el pecho con dedos toscos y callosos, y todos regresaron rápidamente a sus hogares, aliviados de que el viejo hubiera partido al fin sin causar grandes molestias ni requerir atenciones especiales. Para ellos, Petar era ya un capítulo cerrado, una sombra más que se sumaba al olvido colectivo de la tierra.
«Lo bajamos hondo, muy hondo… creímos que con dos metros de arcilla fría su descanso sería eterno. Nadie imaginó lo que respiraba debajo.»
DOC. 01 // EL ENTIERRO EN EL CAMPOSANTO
Pero la precaria paz de Kisiljevo duró exactamente diez días. Diez días de silencio campestre, de trabajo bajo el sol abrasador y de noches tranquilas donde los grillos y el viento eran los únicos dueños de la oscuridad.
DOC. 01 // LA PAZ DE LOS DIEZ DÍAS
El undécimo día, la tragedia golpeó a la comunidad con la fuerza brutal de un mazo de hierro. La maldición no eligió a los débiles ni a los enfermos crónicos; atacó al azar, sembrando el caos de manera implacable. Nueve personas, residentes de distintas familias y ubicadas en extremos opuestos de la aldea, cayeron repentinamente en una fiebre ardiente, súbita y delirante que parecía fundirles la sangre desde el interior. No sufrieron una larga y piadosa agonía; sus cuerpos colapsaron por completo en menos de veinticuatro horas de terror físico. Sus rostros se tornaron de un gris cadavérico, profundamente ceniciento, sus labios se agrietaron y secaron por una sed imposible de calmar, y lo más perturbador de todo: en sus cuellos, perfectamente visibles sobre la piel pálida, aparecieron dos diminutas marcas circulares, de un rojo violáceo y profundo, dispuestas con una precisión geométrica, como si algo invisible y helado les hubiera succionado la vida directamente desde la raíz misma de las arterias.
DOC. 01 // LA FIEBRE DEL UNDÉCIMO DÍA
Pero lo más aterrador, lo que comenzó a desquiciar las mentes de los habitantes antes incluso de que los cuerpos se enfriaran, no fue la velocidad fulminante con la que murieron, sino lo que dijeron, balbucearon y gritaron antes de exhalar su último y desesperado suspiro.
Uno a uno, en sus respectivos lechos de muerte, con los ojos completamente desorbitados por el terror más puro y primario, los nueve aldeanos repitieron exactamente el mismo nombre, como si una fuerza superior les obligara a pronunciarlo. Murmuraron con voz ronca y quebrada que por las noches, justo cuando la oscuridad más densa envolvía las pequeñas habitaciones y las velas de sebo se consumían hasta apagarse, la pesada puerta de madera crujía con suavidad. Decían que una sombra alta, pesada, de una consistencia densa y helada, se deslizaba desde el umbral hasta los pies de sus camas. Y que al levantar la vista, a pesar de la negrura de la estancia, veían con absoluta claridad la cara pálida, inconfundible y sin vida de Petar Blagojević, mirándoles fijos a los ojos con una fijeza inhumana.
DOC. 01 // TESTIMONIOS DESDE EL LECHO
La última en caer en aquella masacre silenciosa fue la anciana Milica, una mujer respetada y de fuerte carácter en el pueblo. Antes de que su corazón se rindiera por completo y su respiración se detuviera para siempre, su familia, aterrada y aglutinada alrededor de la cama, juró ante el sacerdote local que Milica había sufrido un ataque de pánico tan violento que se incorporó de golpe, arañando las sábanas con sus propias uñas hasta desgarrarlas, mientras gritaba con una potencia impropia de su edad:
«¡Anoche vino! ¡Se sentó directamente sobre mi pecho, aplastándome los pulmones! ¡Sentí sus dientes fríos, afilados como cuchillas, desgarrar la piel de mi garganta mientras me ahogaba lentamente en mi propia sangre! ¡Escúchenme bien todos! ¡Petar no está muerto! ¡Petar camina entre nosotros por las noches!»
DOC. 01 // EL GRITO DE LA ANCIANA MILICA
Tras las palabras finales de Milica, el pueblo entero enloqueció de golpe. El miedo colectivo se apoderó de las calles polvorientas como una plaga invisible y venenosa que no respetaba a nadie. Las familias, presas de un pánico irracional, comenzaron a trancar sus puertas y contraventanas con tablones de madera gruesa clavados a martillazos, colocaban cruces fabricadas con cera bendita en cada rendija y grieta por donde pudiera colarse el aire, y encendían enormes hogueras en los patios delanteros que alimentaban sin descanso para que no se apagasen ni de día ni de noche, buscando desesperadamente el calor y la luz que ahuyentaran lo desconocido.
DOC. 01 // EL PÁNICO COLECTIVO
Pero el horror generalizado alcanzó cotas absolutamente insoportables cuando la propia viuda de Petar Blagojević protagonizó un acto tan desconcertante e impensable que terminó por romper la frágil cordura de la comunidad. En plena madrugada, en medio de una oscuridad absoluta y un silencio sepulcral, la mujer abandonó precipitadamente su hogar sin coger sus pertenencias, cruzó los campos corriendo a toda velocidad con lágrimas descontroladas surcando su rostro y se refugió en lo más profundo de los bosques vecinos, negándose rotundamente a volver a pisar la aldea o a dormir bajo techo humano. A los pocos días, cuando algunos vecinos valientes se adentraron en el bosque y la encontraron tiritando de frío bajo un roble, la mujer les confesó con la mirada perdida y la voz rota por el llanto que su difunto esposo se había presentado en su alcoba exactamente a la medianoche. No fue a atormentarla con gritos ni con violencia física; apareció con una calma helada, casi cortés, exigiéndole con voz ultraterrena sus zapatos y sus pertenencias personales más queridas, mientras respiraba pesadamente exhalando un aliento nauseabundo que olía intensamente a tierra húmeda, a putrefacción subterránea y a carne descompuesta.
DOC. 01 // LA CONFESIÓN DE LA VIUDA
HUMUH STUDIO