EL REFLEJO DE LA CULPA
Suspiré pesadamente mientras metía la llave en la cerradura de mi piso. Las muescas encajaron con un clic seco. Al girar el pestillo, algo llamó mi atención: un sobre manila. Estaba encajado a medias debajo de la puerta, con unos cordeles bien prietos atados alrededor de los corchetes metálicos. Era un coñazo empujar la puerta con aquello en medio, pero a base de hombros conseguí entrar. Cerré de un empujón con el talón de la bota, pillé el sobre y lo examiné. Le di la vuelta. Solo había una palabra escrita con rotulador permanente, a lo bruto y emborronada:
E M M A
El color rojo carmesí tenía su toque siniestro, pero le resté importancia. Seguro que era cosa del puñetero casero o algún notas por el estilo. Para arreglar una tubería pasan mil años, pero como te retrases un minuto en pagar el alquiler, te cruje a recargos. Solté un bufido intentando sacarme de los pulmones el cansancio acumulado de todo el día. Tiré las llaves hacia la encimera de la cocina, rozando el lateral de vinilo adhesivo medio despegado, y acabaron desparramadas por el suelo. ¡Manda huevos! En fin, que le den.
Intenté deshacer los nudos de los cordeles alrededor de los corchetes, pero ni se inmutaban. Parecía que los habían sellado con loctite de los chinos. Tras un rato forcejeando con mala leche, pillé un cuchillo de cocina y lo rajé de cuajo. Abrí la solapa de un tironazo y saqué la carta: VEO LO QUE HICISTE. Le di la vuelta al papel: 48 HORAS.
Sentí como si alguien me hubiera metido una cadena de hierro alrededor del corazón y empezara a tirar de los dos extremos a la vez. Un zumbido agudo empezó a taladrarme los oídos. No sé por qué narices, pero me lo tomé en serio al instante. Si acabo de mudarme aquí, joer. Los únicos que saben mi dirección son mis padres, mi hermano y el currante de mi jefe. Quienquiera que haya escrito esta mierda o me quiere ver muerta o se ha equivocado de felpudo de pleno. Tenía la esperanza de que fuera lo segundo, pero sabía perfectamente que no.
"¿Pero qué cojones...?". Debí de releer la cartita como cien veces, intentando buscarle algún sentido a todo aquello. Cada palabra parecía escrita por una persona distinta. La mitad de los trazos eran firmes y decididos. La otra mitad, temblorosos y con dudas. Casi como si fueran alternando entre la mano buena y la zurda. Le di mil vueltas a la cabeza. A ver, supongamos que he hecho algo por lo que merezca la pena que me acosen y me maten: ¿qué demonios se supone que fue?
Jamás me han detenido, nunca me he metido en una pelea, no le he robado nada a nadie en la vida. Siempre he ido a lo mío. Intenté tirar hacia atrás en mi memoria todo lo que pude. Repasé los pocos recuerdos que conservaba del instituto y la universidad. Lo que no recordaba para nada era mi infancia antes de los 10 años. Mi terapeuta me soltó que probablemente era un mecanismo de defensa de mi cerebro para lidiar con el trauma del divorcio de mis padres, que fue de traca. Por desgracia, las sesiones solo me dejaron grabadas las batallas campales por la custodia. Ver a mi madre y a mi padre, que eran mis putos ídolos y el reflejo del amor perfecto, sacándose los ojos el uno al otro. Qué gracia que la terapia solo me sirviera para recordar eso. Nada más.
Rebusqué en el bolso hasta que mi mano rozó el paquete de tabaco que guardaba al ladito de unos caramelos de menta y un frasco de colonia. Saqué el mechero viejo de gasolina, estilo años 60, que me regaló mi abuelo. Era mi posesión más valiosa. Es la única persona de mi familia que jamás cambió conmigo.
Me subí al alféizar de la ventana y planté los pies en la escalera de incendios. Las piernas me temblaban mientras mis manos torpes intentaban encender el cigarro. Aspiré aquel humo tóxico y eufórico hasta el fondo de los pulmones antes de soltarlo. Me aparté el pelo de la jeta de un manotazo frenético mientras intentaba asimilar el percal.
Se me quedaron los ojos clavados al otro lado de la calle en un trozo de periódico que bailaba con el aire. Lo miré ir y venir entre los coches mientras sopesaba las distintas formas que tenía de palmarla en las próximas cuarenta y ocho horas. Fue entonces cuando algo me llamó la atención.
De pie, sin moverse un pelo en un callejón oscuro entre una licorería y una frutería, había un tío. O eso me pareció. Alto, larguirucho, con las manos metidas en la sudadera y una gorra de béisbol bajada hasta la nariz. Se quedó mirándome fijamente. Sus ojos clavados en los míos, pero la gorra ocultaba por completo su jeta. Como una sombra que no encajaba de forma natural.
Tosí, tragándome el humo del tabaco por donde no era, y sentí que la bilis me subía por la garganta. Los oídos me zumbaban y notaba la piel fría y pegajosa. Antes de darme cuenta, estaba doblada sobre la barandilla de la escalera, potando lo que no está escrito. Vacié la comida entera sobre la acera veintiocho metros más abajo. Un tío pasó de largo esquivando mi vómito y me levantó el dedo del medio dedicándome un par de bonitas lindezas. Le oía perfectamente, pero pasaba olímpicamente.
Me limpié la boca con la manga, jadeando por culpa de una angustia de muerte que se me había metido en el cuerpo y se me había instalado en el pecho. Dudé un segundo, pero volví a mirar hacia el callejón. Nada. Había desaparecido. Me empezó a latir la cabeza a mil por hora. La tensión era tan brutal que sentía que el cráneo se me iba a abrir en canal. ¿Se estaba saltando los plazos y venía a por mí ya? ¿O es que ni siquiera era real?
Pasé lo que me parecieron horas en la escalera de incendios esperando a que pasara algo. No pasó nada. Tenía los músculos tan contraídos que me dolía todo el cuerpo. Me metí de un salto por la ventana y la cerré de golpe. Comprobé el pestillo tres veces. Cerrado. Hice lo mismo con la puerta principal. Cerrada. Mi piso de mierda era un estudio. Algo que esta noche agradecí, porque la cama estaba justo enfrente de la entrada. Me metí debajo de las sábanas, pegué la espalda a la pared y clavé los ojos en la puerta.
Me desperté de golpe, boqueando y buscando aire como una loca. Me llevé las manos al cuello, me pasé los brazos por el cuerpo y me toqué la cara. Estaba viva. Ni cortes, ni puñaladas, todo en orden. Me dio hasta la risa floja. El nota dijo dos días. Solo había pasado uno. Solté un suspiro largo y saqué las patas de la cama. En ese preciso instante lo vi. Encajado debajo de la puerta, otra vez, otro puñetero sobre.
Me puse negra. Lo cual tiene gracia si pienso en la cara de acojonada del día anterior, pero estaba que echaba chispas. Cabreada porque alguien estuviera jugando conmigo. Cabreada por las amenazas. Cabreada por haber venido a esta puta ciudad de mierda. Empecé a pensar que tendría que haberme quedado en mi pueblo a llevar el restaurante de mi padre como él quería. Pero no, tenía que hacerme la cocinerita moderna de la capital. Pues ya estoy aquí. Y soy una pinche pinxe de cocina. Una pinche pinxe que igual está fiambre mañana.
Ni me molesté en ponerme una camiseta. Fui corriendo a la puerta principal y tiré con tanta fuerza que pensé que iba a arrancar las bisagras de cuajo. Me planté en medio del pasillo en bragas y con el pantalón de pijama hecho polvo.
—¡A TOMAR POR CULO! —grité a pulmón herido, jadeando tanto que parecía un puto animal rabioso—. ¡Si me vas a matar, ven y hazlo ya, cobarde de mierda!
Me quedé allí plantada una eternidad, mirando a un lado y a otro por si respondía al reto. Lo único que conseguí fue que mi vecina anciana asomara las narices por una rendija de su puerta. Quería pedirle perdón, pero cualquier palabra que saliera de mi boca iba a ser pura ponzoña. Levanté una mano a modo de disculpa y me metí en el piso, pegando un portazo que retumbó en todo el edificio.
Pegué un grito. Abrí el armario de un golpe, pillé lo primero que pillé y lo estampé contra la pared. Un plato hizo añicos contra el yeso, mandando trozos de cerámica por todo el suelo. Me puse a despoticar contra mí misma por lo irracional que estaba siendo, pero al final acabé riéndome. El plato lo había pillado en un rastrillo benéfico, así que tampoco perdía gran cosa.
Llamé a mi jefe imitando voz de enferma, dándole detalles repugnantes de una gastroenteritis inventada. Me cortó rápido diciendo que no pasaba nada y que nos veíamos al día siguiente. Sabía de sobra que no iba a ir. Cuando colgó, caí en la cuenta de que aún tenía el sobre en la mano. El cerebro me decía que no lo abriera, pero las manos empezaron a rasgar el papel mecánicamente. Esta vez ni se molestó en atarlo. Por fuera era igual. Solo mi nombre en rojo. Pero por dentro cambiaba la cosa.
T A R A
24 HORAS
Fruncí el ceño e incliné la cabeza. ¿Tara? ¿Qué coño? ¿Es otra de sus víctimas? ¿Está intentando acojonarme? ¿O es que planea cargársele también a ella y ha mezclado el correo? Abrí el congelador, rebusqué entre la mierda que tenía y saqué una botella a medias de vodka malo del colmado de la esquina. Me senté en la cama con las piernas cruzadas y le di vueltas al asunto durante horas. Ahí sentada, intentando comprender qué narices podía tener eso que ver conmigo y el motivo por el cual ese tío me quería ver muerta.
Mientras miraba fija el papel roto, noté que unas lágrimas salpicaban la hoja antes de darme cuenta de que eran mías. Me sequé las mejillas y miré las yemas de los dedos, comprobando que sí, que lloraba yo. En ese instante me dio el golpe. Como si el mismísimo Mike Tyson me hubiera tirado la puerta abajo y me hubiera metido un derechazo en todo el estómago. Ya no salían lágrimas de los rabillos de los ojos. Estaba sollozando. Berreando. Llorando la pérdida de un ser querido como si fuera el primer día. Me acordé. Me acordé de todo. Mientras la escena se repetía en mi cabeza una y otra vez, me acercaba la botella de vodka a los labios de forma automática. Mis manos temblorosas hacían que el líquido me resbalara por las comisuras de la boca y me bajara por la cara.
Tara Langley. Mi mejor amiga en cuarto de primaria. Nuestras familias habían decidido llevarnos de ruta por un caminito de montaña a pocos minutos del pueblo. Llevábamos las cestas de picnic monísimas, las botas de monte y listas para ser las nuevas exploradoras del año. Tara era una amiga de puta madre. Yo era una cría súper cortada. Me costaba la vida hacer amigos. Me daba pánico hablar con la gente. Con Tara no, claro. Ella se acercaba a cualquiera y le decía a la cara lo que pensaba. Eso fue lo que hizo conmigo. Se me acercó el primer día de cuarto. Mi primer día en un colegio nuevo. Me miró, me soltó su nombre y me dijo que desde ese momento éramos mejores amigas. Un poco mandona, pero cumplió su palabra.
Como éramos unas renacuajas, las familias eligieron los senderos fáciles, con poca pendiente y caminos limpios. Paramos a descansar a mitad de ruta para disfrutar de las vistas. Unos paredones de roca cortada se alzaban al otro lado de los árboles a saber a cuántos metros de altura. La espuma blanca trepaba por rocas negras y lisas mientras el agua bajaba a toda hostia. El musgo verde brillante se aferraba a troncos rotos y ramas retorcidas. Tenía las manos sudadas y las rodillas flojas. No me molaba nada estar tan alta. Solo íbamos por la mitad, donde la mayoría de las familias dan la vuelta, pero aun así estaríamos a unos treinta metros en el aire. Agarrada de la mano de mi padre, miré hacia el abismo. Rocas afiladas y ramas secas acumuladas sobre una base de árboles altos. El estómago se me dio la vuelta. Seguro que de ahí me viene la fobia a las alturas que arrastro de adulta. Después de zamparnos los sándwiches de pavo y planear el resto del día, empezamos la bajada. Llevaríamos cinco minutos andando cuando Tara clavó los talones en la tierra y me agarró del brazo.
—¡Se me ha olvidado hacer una foto! ¡Llevo la cámara en la mochila! —Se sacó los tirantes de los hombros y abrió la cremallera sacando una cámara de plástico amarilla de usar y tirar—. ¡Venga, vamos!
Estaba eufórica con la idea. Tenía la habitación empapelada de recuerdos. Desde una foto del primer diente que se le cayó hasta una gilipollez como unas botas embarradas. Se me encogió el estómago. No me gustaba nada saltarme las normas y aquello olía mal.
—Tara, deberíamos avisar a nuestros padres. Es peligroso. Seguro que dan la vuelta para hacer la foto. Nos la hacemos todos juntos —le solté una sonrisa falsa, cruzando los dedos para que me hiciera caso.
—Emma, tengo casi diez años y medio. O sea, que prácticamente tengo doce. Y doce significa que ya soy medio mayor. Podemos ir a hacer la foto y volver cagando leches, ¡no pasa nada!
Gruñó los dientes y puso los ojos en blanco. Ya me llevaba seis metros de ventaja antes de que pudiera replicar. Así que, con toda la pereza del mundo, fui detrás de ella.
Llegamos de nuevo al mirador del sendero y ella corrió hacia el borde del precipicio.
—¡Tara, para! Te estás arrimando mucho al borde —le grité.
Clac.
—Buf, qué asco, ¡la luz de las sombras es horrible! —Cambió de postura, moviéndose un poco de un lado a otro. Y dio dos pasos hacia atrás—. Joer, pues aquí se ve bien y...
Clac.
—Esto va a ser PERFECTO. ¡Venga, ven! ¡Quiero una contigo también! —me hizo gestos con la mano, bailoteando de la emoción.
—Ni de coña. Paso mil. Olvídate —negué con la cabeza y di un paso atrás, como si ella pudiera atraparme desde allí.
—Ay, por favor, Emma. Literalmente una foto, cinco segundos y nos piramos —suplicaba e insistía pataleando como una malcriada. Bueno, era hija única. Ya sabía yo que no iba a aceptar un no por respuesta y tampoco quería joderle el día a los demás por hacerme la estirada.
—Una foto. E ya está. Luego nos vamos. ¿Entendido?
—¡Sí, sí! Entendido, gracias. ¡Va a salir fotaza! ¡La voy a colgar JUSTO encima de la cama! —Estaba emocionadísima. Una sonrisa de oreja a oreja se le dibujó en la jeta.
Me acerqué con pies de plomo, avanzando de centímetro en centímetro. Tras lo que parecieron horas, me puse a un par de palmos delante de ella.
—¡Venga ya, Emma, no me jodas! —Me metió los dedos en el codo y tiró de mí para pegarme a su lado. Estaba tan acojonada con el vértigo que reaccioné por puro instinto. Tiré del brazo hacia atrás con fuerza y tropecé cayendo al suelo.
Asustada por mi tirón repentino, ella echó el peso hacia atrás y el talón le resbaló. Las piedrecillas sueltas y la arcilla de la superficie de la roca se movieron bajo sus pies. El impulso la lanzó hacia adelante. Intentó estirar los brazos para amortiguar la caída, pero no fue lo bastante rápida. La sien le chocó contra la roca viva, abriéndole la piel de la mejilla. Al no poder controlar el cuerpo, rodó hacia un lado y las piernas se le quedaron colgando al vacío. De algún modo logró frenar el golpe y se quedó colgada de los codos al borde del precipicio.
—¡EMMA! —gritaba respirando a trancas y barrancas—. ¡EMMA, SÁCAME DE AQUÍ!
Se me nubló la vista. El corazón me latía en la garganta. No podía moverme. Mi cerebro le gritaba a las piernas que se levantaran, que corrieran, que hicieran algo. Los brazos tampoco me respondían. Estaba petrificada. Tara empezó a sollozar.
—Emma, por favor... No quiero morir. —Su voz se fue apagando entre los berridos del llanto.
—¿¡Emma!? ¿¡Tara!? —Escuché la voz de su padre a lo lejos subiendo por el sendero. Eso me sacó de golpe de la pesadilla. Moví la cabeza de un lado a otro como una posesa. Por fin reuní fuerzas para levantarme. Gruñí y empujé el suelo con las manos con todas mis ganas, cerrando los ojos con fuerza. Y entonces lo escuché. Ya no lo vi. Su grito. Un alarido de puro terror que me taladró los tímpanos. Luego se fue debilitando. Más flojo. Casi imperceptible. Y se hizo el silencio.
A esas alturas ya estaba hiperventilando. Hundida por la tristeza, la culpa y la mala leche. Discutía conmigo misma en silencio. ¿Lo que recordaba era lo que de verdad pasó? ¿En serio no hice nada? ¿Cómo coño pude dejar que se me olvidara semejante movida? Fui corriendo al baño y empecé a vomitar en el lavabo con arcadas secas. Había llorado tanto que me ahogaba y tosía. Me eché agua en la cara una y otra vez. Los pegotes de agua fría no servían para bajar el calor que me quemaba las mejillas.
Abrí la puerta del congelador de un manotazo y trincé unas cuantas botellas de vodka barato que tenía guardadas. Vi los envases vacíos en la papelera al pasar, pero me daba igual. Volví a la cama, abrí el portátil que tenía en la mesilla y me metí aquí. Tenía que hacerme una cuenta y soltarlo todo. Tenía que sacarlo fuera. Tenía que escribirlo en un sitio que me obligara a no olvidarlo jamás. Escribí y bebí, escribí y bebí todavía más hasta que todo se volvió negro.
No me acuerdo de haberme dormido, pero viendo las botellas de plástico vacías tiradas por la cama, no hacía falta ser muy lista para adivinar el motivo. Moví el cuerpo y me senté erguida. Tenía la camiseta llena de lamparones de mocos y babas. Había pañuelos arrugados por toda la colcha. Respiré hondo, sacudí los brazos y crují el cuello de lado a lado al exhalar. Tenía una jaqueca de mil demonios que me latía con cada movimiento. Iba a estirar el brazo para mirar el móvil cuando escuché un crujido seco. El sonido de algo pesado pisando las llaves que me había dejado tiradas en el suelo.
Levanté la vista de golpe y allí estaban. Una figura alta y delgada con las manos metidas en los bolsillos de la sudadera y una gorra tapándole la cara. Quise pegar un grito de los que hacen época, pero de mi boca abierta solo salió un hilillo de voz. Unos calambres de puro terror me recorrieron el cuerpo, resonando en los huesos.
—Hoy es el día.
La voz me sonaba, pero no era capaz de ubicarla. Era como una mezcla de todas las voces que había escuchado a lo largo de mi vida. Un tono barítono, rico, con matices rasposos y agudos. No parecía que intentara intimidarme. Se limitaba a soltar un hecho y punto pelota. No se movía. Se quedó ahí plantada, mirándome fijamente durante un buen rato.
—Por favor... Si vas a hacerlo... ¿puedes ir rápido? —suplicué en voz baja. Ya me sentía derrotada y aquello era el último cartucho.
Soltó una risita ahogada y meneó la cabeza de lado a lado muy despacio.
—De eso nada. Eso no depende de mí.
El pánico que se me había acumulado en el pecho, amenazando con reventarlo todo, se mezcló con la confusión.
—No... No lo entiendo. Sé por qué estás aquí. Sé lo que hice mal. Por favor, hazlo rápido. Te lo suplico. —Las lágrimas me chorreaban por la jeta, pero me quedé callada esperando respuesta.
Dio un paso al frente, con las manos en los bolsillos y la cara todavía gacha.
—¿De verdad? —esperó unos segundos—. Cuéntamelo.
Tenía el pecho oprimido. Respiraba con fatiga y dolor.
—Tara. Pude haberla ayudado y no lo hice. Estaría viva, pero no lo está. Está muerta y es mi puta culpa. —Ya no me quedaban lágrimas, solo miraba el estampado de la colcha—. Por muy surrealista que parezca toda esta mierda, esto encajaba. Desde que recuperé la memoria, tenía sentido—. Solo que no entiendo por qué esperar hasta ahora. ¿Me... me manda su padre?
Volvió a negar con la cabeza sin decir nada.
—¡Iré a la policía! ¡Les diré todo! Llamaré a sus padres, a los míos. Hablaré con quien haga falta, por favor... solo no me mates...
No soltó ni una palabra. Me costaba respirar entre sollozo y sollozo. Los únicos sonidos eran el aire entrando y saliendo de mi boca.
—Por favor... dime por qué haces esto.
Dio otro paso hacia delante. A escasos centímetros de mí. Sacó despacio las manos de los bolsillos, lo que hizo que cerrara los ojos de golpe y pusiera el cuerpo rígido.
—Yo no lo estoy haciendo. Lo estás haciendo tú.
Abrí los ojos despacio e hinqué la barbilla hacia arriba. Se había quitado la gorra para que pudiera verle la jeta con luz y taquígrafos. Me quedé con la boca abierta. La piel me picaba. Me estaba mirando a mí misma. No era un espejo, ni una foto. Era yo. La complexión flacucha y desgarbada. Los rizos alborotados. Mi tono de piel trigueña. Nos quedamos mirándonos fijamente. Parecía una pesadilla de esas en las que te caes por la cama y pierdes todos los dientes.
Moví el cuerpo con lentitud de un lado a otro, examinando a mi doble. Copiaba cada uno de mis movimientos. Levanté los ojos, ella levantó los ojos. Alargué la mano y le toqué la mejilla; ella alargó la mano y me toqué la mía. Su piel estaba fría como el hielo.
Me eché hacia atrás frunciendo el ceño. Suspiré y volví a coger aire por la nariz. Esta vez más hondo.
—¿Me vas a matar ahora?
Tras unos momentos de silencio, volví a clavar los ojos en my propio reflejo. De nuevo, negó con la cabeza y señaló hacia mi regazo. Bajé la vista y pegué un grito ahogado, apartándome hacia atrás con desesperación.
La sangre brotaba a borbotones de unos cortes profundos y verticales abiertos en mis antebrazos. Un cuchillo de cocina manchado de sangre descansaba en mi regazo. Lo cogí y lo tiré al suelo de un manotazo, salpicando las tablas podridas con gotitas escarlata. Empecé a marearme. Aterrorizada, agarré todos los pañuelos usados y secos que pude. Luché contra el escozor insoportable de las heridas abiertas mientras intentaba taponarlas, pero los cortes eran demasiado profundos. Escocían como picadura de avispa cuando las lágrimas caían sobre ellos.
—¡NO! ¡Por favor, puedo...!
Ya no estaban. Ni rastro. Sin huellas, sin ruido. El silencio era absoluto. Mi única compañía era el zumbido sordo del radiador. Sabía perfectamente que la decisión ya está tomada. No podía hacer nada. Salvo acabar lo que empecé.
Iba a palmarla ahora mismo, pero tenía que quedar constancia de lo que hice. O de lo que dejé de hacer, mejor dicho. Seguramente era de egoístas querer que su familia encontrara esto. Aquello no iba a traerles paz ni de coña. Pero quizás al menos les vendría mejor echarme la mierda a mí y no a la mala suerte.
Así que, si estás leyendo esto:
Estoy muerta. Seurs y señores Langley, no hay palabras en el mundo que puedan arreglar esto. Solo quiero que sepan que lo siento de verdad.
A mamá y papá, perdonadme. Sé que esperabais mucho más de mí. Tendría que haberos hecho más caso. Tendría que haberos dicho más veces que os quería. Pero ya no puedo. Así que lo digo ahora. Os quiero. Y a Eddy, mi mayor orgullo en esta vida ha sido ser tu hermana mayor. Eres infinitamente más listo que yo, mucho más fuerte. Nos has hecho a todos sentir un orgullo enorme. Te quiero.
Y por último, a Tara... nos vemos pronto.
HUMUH STUDIO