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ZOMBIELAND

El Eco de los Muertos

CASO: Mark Vidal & Dra. Nuria Soler
ACCESO: CLASIFICADO
ESTADO: ATRINCHERADO
Registro de Incidencias – Historia Completa
00:00 / –:–
Agente del FBI en su coche observando la carretera
Transmisión de emergencia: El colapso ha comenzado.

No puedo creer lo que acabo de escuchar por la radio del coche. Zombies. Joder, zombies de verdad. Pensé que era una broma de mal gusto cuando la primera transmisión llegó hace una hora, pero ahora todas las frecuencias están gritando lo mismo. Eviten el contacto físico, busquen refugio inmediatamente. Los infectados muestran comportamiento extremadamente agresivo. Me tiemblan tanto las manos que apenas puedo escribir esto. Estoy en el coche, aparcado en una gasolinera a las afueras de esta ciudad catalana, cuyo nombre ni siquiera recuerdo bien. Vine aquí por el caso del culto, una investigación rutinaria del FBI que ahora parece una puta broma del destino. El mundo se está yendo a la mierda y yo estoy aquí solo, a cientos de kilómetros de casa, sin saber si mi familia está viva o muerta. La transmisión de emergencia que acabo de escuchar decía que todo empezó en algún laboratorio del CDC. Un brote, una fuga, algo que se salió de control. Los primeros casos aparecieron esta madrugada en varias ciudades españolas, simultáneamente Barcelona, Madrid, Valencia, todas reportando lo mismo. Gente atacando a otra gente, mordiéndolos, devorando los vivos y los muertos que se levantan. Cristo santo. Los muertos que se levantan y siguen atacando. Mi cerebro se niega a procesarlo completamente. 20 años en el FBI. He visto de todo, pero esto, esto no puede estar pasando. Pero las voces en la radio suenan demasiado desesperadas, demasiado reales.

Calles desiertas y abandonadas
Calles fantasma en Cataluña.

Una de las últimas transmisiones era de un periodista en Barcelona que gritaba mientras algo lo perseguía. Se cortó con un sonido que no quiero recordar. Acabo de intentar llamar a Sara y a los niños por quinta vez. Nada. Las líneas están saturadas o cortadas. El último mensaje que conseguí enviar fue hace dos horas. Estoy bien. Quedaos en casa. No salgáis por nada. Ni siquiera sé si lo recibieron. La pantalla del móvil está agrietada porque lo tiré contra el salpicadero cuando escuché la primera transmisión. Pensé que era una puta broma. Ahora me doy cuenta de que debería haber salido corriendo hacia Madrid inmediatamente, pero algo me mantiene aquí. Tal vez sea la curiosidad profesional, tal vez sea el miedo de lo que pueda encontrar en la carretera. Los informes hablan de atascos masivos, de gente abandonando los coches y corriendo a pie, de incidentes en las autopistas. No especifican qué tipo de incidentes, pero mi imaginación está llenando los huecos de la peor manera posible. La gasolinera está desierta, pero las luces siguen encendidas. Entré hace 10 minutos para robar agua y algo de comer y el dependiente no estaba. La caja registradora estaba abierta, billetes esparcidos por el suelo, como si alguien hubiera salido corriendo a mitad de una transacción. Hay una mancha oscura en el suelo detrás del mostrador que no quiero examinar demasiado de cerca. Cogí lo que pude, agua, latas de conserva, pilas y dejé dinero en el mostrador. Qué irónico seguir siendo honesto cuando el mundo se está acabando, pero necesito aferrarme a algo normal, algo que me recuerde que sigo siendo humano. El silencio aquí es ensordecedor. Solo se oye el zumbido de los fluorescentes y el viento moviendo las bolsas de plástico en el aparcamiento. Cada sombra me hace saltar, cada ruido me pone la mano en la pistola.

Acabo de ver algo que me ha helado la sangre. Por el retrovisor, a unos 200 metros, hay una figura que camina de forma extraña por la carretera. Se tambalea como si estuviera borracha, pero hay algo en su postura que no es natural. Los brazos le cuelgan de manera rara, la cabeza ladeada en un ángulo que me hace doler el cuello solo de mirarlo. No puedo ver bien desde aquí, pero juraría que lleva la ropa desgarrada y manchada. Se mueve despacio, pero con una determinación que me pone los pelos de punta. No sé si es una persona herida que necesita ayuda o si es una de esas cosas de las que hablan en la radio. Mi entrenamiento me dice que debería acercarme a ayudar, pero cada instinto de supervivencia que tengo me grita que arranque el coche y me largue de aquí ahora mismo. Las manos me sudan tanto que se me resbala el bolígrafo. La figura se ha acercado más. Definitivamente no es normal. Arrastra una pierna y tiene algo colgando del brazo izquierdo que parece carne. Carne desgarrada. Acabo de arrancar el motor y el ruido ha hecho que levante la cabeza hacia mí. Incluso desde esta distancia puedo ver que algo está terriblemente mal con su cara. Está demasiado pálida, demasiado gris y hay manchas oscuras alrededor de la boca que podrían ser sangre. Cuando me ha mirado, ha empezado a moverse más rápido, no corriendo, pero con más urgencia, como si hubiera detectado mi presencia, como si tuviera hambre. Estoy saliendo de aquí ahora mismo. No sé a dónde voy, pero no puedo quedarme aquí.

Clínica médica abandonada
Refugio precario en la clínica local.

La radio sigue crepitando con transmisiones fragmentadas, voces desesperadas pidiendo ayuda, coordenadas de refugios que probablemente ya no existen. Estoy conduciendo hacia la ciudad donde se suponía que iba a investigar el culto. Es una decisión estúpida, lo sé, pero necesito respuestas. Necesito entender qué coño está pasando. Los informes mencionaron algo sobre un laboratorio del CDC, experimentos que salieron mal. Si ese culto estaba involucrado de alguna manera, tal vez pueda encontrar pistas sobre cómo empezó todo esto. O tal vez solo me estoy engañando a mí mismo porque la alternativa es aceptar que el mundo se ha vuelto loco y que no hay nada que pueda hacer al respecto. La carretera está extrañamente vacía para hacer media tarde. Solo he visto tres coches en los últimos 20 kilómetros, todos abandonados en la cuneta. Uno de ellos tenía las ventanillas rotas y manchas rojas en el asfalto alrededor. No me paré a investigar. Mi tanque de gasolina está a tres cuartos. Tengo agua para dos días y munición suficiente, pero no tengo ni idea de para qué me estoy preparando. Acabo de pasar por un pueblo pequeño y he visto humo negro elevándose desde el centro. Mucho humo, como si hubiera varios incendios al mismo tiempo. He reducido la velocidad para echar un vistazo y he visto figuras moviéndose entre las llamas, figuras que se movían de esa manera extraña y antinatural que ya estoy empezando a reconocer. Una de ellas estaba completamente en llamas, pero seguía caminando como si no sintiera dolor, como si ya no fuera humana. He pisado el acelerador y he salido de ahí tan rápido como he podido. El olor a carne quemada se me ha metido en el coche a pesar de tener las ventanillas cerradas. Sigo escribiendo esto porque necesito mantener la mente ocupada, necesito procesar lo que estoy viendo. Pero cada palabra que escribo hace que todo esto sea más real, más aterrador.

En una hora estaré en esa ciudad catalana. No sé qué voy a encontrar allí. Pero algo me dice que va a ser mucho peor que todo lo que he visto hasta ahora. Estoy llegando a la ciudad y lo que veo me está destrozando por dentro. Las calles principales están bloqueadas por coches abandonados, algunos todavía con las puertas abiertas y las llaves puestas. Hay maletas y bolsas esparcidas por todas partes, como si la gente hubiera salido corriendo llevando solo lo que podía cargar. Una silla de bebé volcada en medio de la plaza me ha hecho parar el coche y vomitar en la cuneta. No puedo dejar de pensar en mi hijo pequeño, en si Sara habrá conseguido sacarlo de la guardería a tiempo. Las ventanas de las tiendas están rotas, pero no parece que haya sido por saqueos normales. Los cristales están rotos desde adentro hacia afuera, como si algo hubiera intentado salir con desesperación. Hay manchas de sangre en varios escaparates, huellas de manos ensangrentadas que se arrastran hacia abajo por el cristal. El silencio es lo más aterrador de todo. Una ciudad de 15,000 habitantes y no se oye ni una mosca. He aparcado el coche cerca de lo que parece ser el ayuntamiento y estoy explorando a pie. Cada paso que doy resuena como un disparo en este silencio mortal. Llevo la pistola desenfundada y el dedo en el gatillo, pero mis manos tiemblan tanto que no sé si podría acertar a nada aunque quisiera. Acabo de entrar en una cafetería y la escena me ha revuelto el estómago otra vez. Hay mesas volcadas, sillas rotas y en el suelo restos, restos humanos que han sido masticados. No hay otra palabra para describirlo. Huesos con marcas de dientes. Girones de ropa empapados en sangre seca. El olor es indescriptible. Una mezcla de hierro oxidado y carne podrida que se me pega a la garganta. He encontrado un móvil en el suelo todavía encendido con la última llamada realizada a las 08:47 de esta mañana. Hace apenas 6 horas este lugar era normal. La gente desayunaba aquí, hablaba del tiempo, se quejaba del trabajo. Ahora es una carnicería. Estoy siguiendo un rastro de sangre que sale de la cafetería y se dirige hacia el centro de la ciudad. No sé por qué lo hago. Mi cerebro me grita que me dé la vuelta y me largue, pero necesito entender qué pasó aquí. El rastro es irregular, como si algo herido hubiera estado arrastrándose, pero hay huellas de pasos mezcladas que no siguen un patrón normal. Algunas pisadas están superpuestas, como si hubieran caminado por el mismo sitio una y otra vez sin rumbo fijo. He pasado por delante de una farmacia con la puerta arrancada de cuajo, literalmente arrancada, como si algo con una fuerza sobrehumana la hubiera destrozado desde dentro. Los medicamentos están esparcidos por el suelo, pero curiosamente no faltan los analgésicos ni los narcóticos, solo han desaparecido los antibióticos y las vendas, como si alguien hubiera sabido exactamente qué necesitaba para tratar heridas de mordeduras.

Acabo de escuchar algo que me ha paralizado. Un gemido bajo gutural que viene de algún lugar cercano. No suena humano, pero tampoco animal. Es algo intermedio, algo que me eriza cada pelo del cuerpo. Me he escondido detrás de un coche volcado y estoy intentando localizar el origen del sonido. Viene de un callejón estrecho entre dos edificios donde las sombras son más densas. Puedo ver una figura moviéndose allí dentro, tambaleándose de una pared a otra. Lleva lo que parece ser un uniforme de enfermera, pero está desgarrado y manchado de algo oscuro. La figura se mueve de esa manera antinatural que ya he visto antes, como si sus articulaciones no funcionaran correctamente. Cada pocos segundos emite ese gemido horrible, como si estuviera en dolor constante, pero no pudiera expresarlo de manera humana. No sé si debería acercarme o salir corriendo. Mi entrenamiento me dice que podría ser una superviviente herida, pero todo mi instinto me grita que es una de esas cosas. La figura ha salido del callejón y ahora puedo verla claramente. Es una mujer o era una mujer. Su cara está gris y hinchada, con los ojos completamente blancos. Tiene la boca abierta y puedo ver que le faltan varios dientes, pero los que quedan están manchados de sangre. Camina arrastrando los pies, pero cuando me ve agachado detrás del coche, algo cambia en su comportamiento. Sus movimientos se vuelven más urgentes, más decididos. Empieza a caminar hacia mí con los brazos extendidos, emitiendo ese gemido que ahora suena más como hambre que como dolor. He disparado, no he podido evitarlo. El primer disparo le ha dado en el hombro y la ha hecho tambalearse, pero no se ha caído. Ha seguido avanzando como si nada. El segundo disparo le ha dado en el pecho y tampoco la ha detenido. Solo cuando el tercer disparo le ha reventado la cabeza se ha desplomado como un saco de patatas. Estoy temblando incontrolablemente. Acabo de matar a una persona o a o que era una persona. El ruido de los disparos ha atraído más gemidos desde diferentes direcciones. Puedo escuchar al menos tres o cuatro voces distintas, todas emitiendo ese sonido gutural y hambriento. Se están acercando. Tengo que moverme, pero mis piernas no me responden. Estoy en shock mirando el cuerpo de esa mujer. Esa cosa que acabo de matar. La sangre que sale de su cabeza destrozada no es roja normal, es más oscura, casi negra, y tiene una consistencia extraña, como si estuviera coagulada, pero siguiera fluyendo. No huele como sangre normal tampoco. Huele a podredumbre, algo que lleva días muerto, pero se movía, caminaba, me perseguía. Los muertos no hacen eso. Los muertos no pueden hacer eso. Pero aquí estoy mirando la evidencia de que todo lo que creía saber sobre la vida y la muerte es una mentira. Las voces se acercan más. Tengo que moverme ahora.

He corrido hasta un edificio que parece ser una clínica médica y me he encerrado dentro. Las puertas son de cristal reforzado y puedo ver la calle desde aquí. Han aparecido más de esas cosas, cinco, seis, tal vez más. Todas se mueven de la misma manera antinatural. Todas emiten esos gemidos horribles. Algunas llevan ropa de trabajo, otras van en pijama como si hubieran sido sorprendidas en sus casas. Una de ellas es un niño, un jodido niño de no más de 10 años con el uniforme del colegio desgarrado y manchado de sangre. Verlo me ha roto algo por dentro. Está caminando con el mismo propósito hambriento que los adultos, con los mismos ojos blancos y muertos. ¿Qué clase de infierno es este? ¿Qué clase de enfermedad puede hacer esto a un niño? Están rodeando el edificio ahora, golpeando las ventanas con las manos, dejando manchas de sangre en el cristal. No parecen tener la inteligencia para abrir puertas, pero su persistencia es aterradora. Estoy en el segundo piso de la clínica, escondido en lo que parece ser un despacho médico. He encontrado algunos suministros, vendas, desinfectante, analgésicos. También he encontrado algo más perturbador, un informe médico fechado de ayer por la noche que habla de pacientes con síntomas de rabia atípica y comportamiento extremadamente agresivo tras la muerte clínica. La doctora que lo escribió, una tal doctora Nuria Soler, había documentado tres casos de personas que habían sido declaradas muertas, pero que habían reanimado horas después con impulsos caníbales incontrolables. El informe se corta abruptamente, como si hubiera tenido que parar de escribir de repente. Hay manchas de sangre en las últimas páginas. Esta doctora sabía lo que estaba pasando antes que nadie. Si sigue viva, podría tener respuestas. Pero primero tengo que salir de aquí sin que esas cosas me vean. El sol está empezando a ponerse y algo me dice que la oscuridad va a hacer que todo esto sea mucho peor. He conseguido salir de la clínica por una ventana trasera cuando esas cosas se distrajeron con algo en la calle principal. Desde aquí arriba pude ver que había más de ellas de las que pensaba. Docenas, tal vez cientos vagando por las calles como una pesadilla andante. Algunas están en grupos, otras solas, pero todas con ese mismo propósito siniestro. He visto como una de ellas se abalanzaba sobre algo que se movía entre los coches abandonados, un gato, creo, y lo ha despedazado con los dientes y las uñas. El pobre animal ni siquiera tuvo tiempo de maullar. La forma en que esa cosa se ha cebado con él, la voracidad, la falta total de humanidad, me ha hecho vomitar otra vez. Estoy empezando a entender que estas cosas no son personas enfermas, son algo completamente diferente, algo que solo conserva la forma humana, pero que por dentro es pura hambre, pura violencia y están por todas partes. Estoy siguiendo las calles traseras, manteniéndome en las sombras, buscando algún rastro de la doctora Nuria Soler. Según el directorio médico que encontré en la clínica, vive en un apartamento cerca del hospital. Si sigue viva, si no se ha convertido en una de esas cosas, podría tener información crucial sobre cómo empezó todo esto. El hospital está a solo seis manzanas, pero cada paso es una agonía. Cada sombra podría esconder una de esas criaturas. Cada ruido me hace saltar como un gato asustado. He pasado por delante de una escuela infantil y las imágenes que he visto a través de las ventanas rotas me van a perseguir el resto de mi vida. Pequeños cuerpos inmóviles en el patio, algunos con heridas de mordeduras tan grandes que no puedo seguir escribiendo sobre eso. Solo diré que ahora entiendo por qué la gente huyó tan desesperadamente. Cuando los niños se convierten en monstruos, el mundo pierde todo sentido. El hospital está completamente a oscuras, pero puedo ver movimiento en las ventanas. Sombras que se mueven de forma errática, figuras que se tambalean por los pasillos. Hay ambulancias volcadas en la entrada con las puertas traseras abiertas y camillas esparcidas por el aparcamiento. Una de las camillas todavía tiene correas de sujeción rotas, como si algo hubiera luchado violentamente para liberarse. Hay rastros de sangre que van desde las ambulancias hasta la entrada principal del hospital, pero también rastros que salen del edificio como si las cosas que entraron heridas hubieran salido convertidas en algo peor. No voy a entrar ahí ni de coña. Ese lugar es una trampa mortal. Pero el apartamento de la doctora está en el edificio de al lado, un bloque residencial que parece más tranquilo. Al menos desde aquí no veo movimiento en las ventanas. Tal vez tenga suerte. Tal vez ella siga viva y escondida. He llegado al edificio de apartamentos y la puerta principal está entreabierta. El vestíbulo está destrozado con los buzones arrancados de la pared y cristales rotos por todas partes. Hay manchas de sangre en las escaleras, pero también huellas de pasos normales, como si alguien hubiera subido corriendo recientemente. Estoy siguiendo esas huellas, pistola en mano, conteniendo la respiración en cada rellano. El apartamento de la doctora Soler está en el tercer piso, puerta 3B. Cuando llego veo que la puerta tiene arañazos profundos en la madera, como si algo hubiera intentado entrar a la fuerza. Pero la puerta sigue cerrada y puedo escuchar movimiento dentro. Movimiento silencioso, controlado. No los gemidos guturales de esas cosas. Llamo suavemente con los nudillos. Tres golpes cortos. El movimiento se detiene inmediatamente. Luego escucho una voz femenina, temblorosa, pero claramente humana. ¿Quién es? ¿Está infectado? Es ella. Está viva. Soy el agente Mark Vidal del FBI. Susurro pegado a la puerta. He leído su informe médico. Necesito hablar con usted sobre lo que está pasando. Hay un largo silencio. Luego el sonido de varios cerrojos abriéndose. La puerta se abre apenas una rendija y veo un ojo aterrorizado que me examina de arriba a abajo. ¿Tiene fiebre? ¿Alguna herida de mordedura? Pregunta con voz profesional, pero quebrada por el miedo. Le muestro las manos, los brazos, le aseguro que estoy limpio. Finalmente abre la puerta y me deja entrar rápidamente, cerrando todos los cerrojos detrás de mí. La mujer que tengo delante es joven, tal vez 35 años, con el pelo castaño recogido en una coleta despeinada y los ojos rojos de tanto llorar. Lleva un uniforme de enfermera manchado de sangre, pero no parece ser suya. Sus manos tiemblan mientras me señala una silla. Pensé que era la única que quedaba viva en esta maldita ciudad. Dice con voz rota.

Refugio seguro en el apartamento
El encuentro en el apartamento 3B.
00:00 / –:–
Laboratorio del CDC asaltado y destruido tras la fuga vírica
Laboratorio del CDC – Zona Cero del brote inicial de Los Purificadores.

Nuria me cuenta lo que pasó y cada palabra es como un puñetazo en el estómago. Todo empezó ayer por la noche en el laboratorio del CDC que está en las afueras de la ciudad. Habían estado haciendo experimentos con un virus modificado, algo relacionado con la regeneración celular y la respuesta inmune, un grupo de fanáticos religiosos, un culto que se hacía llamar Los purificadores. Había estado protestando durante semanas contra los experimentos, diciendo que eran una abominación contra Dios. Ayer por la noche irrumpieron en el laboratorio y robaron varias muestras, creyendo que podían purificarlas con sus rituales. No tenían ni idea de lo que habían desatado. Las primeras infecciones aparecieron en su sede, un almacén abandonado en el polígono industrial. Para cuando las autoridades se dieron cuenta, ya era demasiado tarde. El virus se había extendido por toda la ciudad como un incendio.

«Los vi llegar al hospital», dice Nuria con los ojos perdidos. Gente normal, familias enteras, mordidas, arañadas, infectadas. Morían en las camillas y luego se levantaban y tenían hambre, mucha hambre. La descripción que me hace Nuria del caos en el hospital me hiela la sangre. Pacientes que morían y se reanimaban en cuestión de minutos atacando a médicos y enfermeras, personal médico que intentaba contener la situación y acababa siendo infectado también. El director del hospital que se encerró en su despacho y se pegó un tiro antes de que pudieran llegar a él. Conseguí escapar por los conductos de ventilación», me dice, mientras se sirve un vaso de agua con manos temblorosas, pero vi cómo se extendía. Vi como la gente normal se convertía en en esas cosas. No es solo un virus, agente, reescribe completamente el cerebro humano. Los infectados pierden toda capacidad de razonamiento, toda empatía, toda humanidad. Solo les queda el hambre y la agresión y son increíblemente resistentes. He visto a uno de ellos seguir moviéndose después de recibir tres disparos en el pecho.

Pacientes infectados merodeando por los pasillos hospitalarios
El colapso del sistema sanitario local.

Me enseña unas notas médicas que ha estado tomando, observaciones clínicas sobre el comportamiento de los infectados. Es trabajo de una profesional, pero puedo ver el terror en cada línea que ha escrito. Tenemos que salir de aquí», le digo mientras reviso mis municiones. Esta ciudad está perdida, pero tal vez podamos llegar a las autoridades, avisar a otros lugares antes de que se extienda. Nuria niega con la cabeza con una sonrisa amarga. Ya es demasiado tarde para eso. Antes de que se cortaran las comunicaciones, escuché informes de brotes en Barcelona, Valencia e incluso Madrid. Ese culto no solo robó muestras de aquí. Tenían células en otras ciudades y todas hicieron lo mismo anoche. España entera está infectándose mientras hablamos. Sus palabras me golpean como un martillo. Sara, los niños, mi familia, podrían estar ya muertos o peor convertidos en esas cosas. Siento como si el suelo se abriera bajo mis pies. Hay un búnker militar a 50 km al norte, continúa Nuria. Si conseguimos llegar allí, tal vez tengamos una oportunidad, pero tendremos que atravesar toda la ciudad infectada. Y está oscureciendo. He notado que se vuelven más activos por la noche. Miro por la ventana y veo que tiene razón. Hay más movimiento en las calles, más gemidos en la distancia. La pesadilla apenas está empezando.

Estamos preparando un plan de escape cuando escuchamos ruidos en el pasillo, pasos arrastrándose, gemidos sordos y algo que suena como uñas rascando la pared. Nuria se pone pálida y me señala hacia la ventana. Han subido, susurra. Nunca antes habían podido subir las escaleras, pero están aprendiendo. Me asomo con cuidado y veo al menos cuatro figuras tambaleándose por el pasillo, todas dirigiéndose hacia nuestro apartamento. Una de ellas lleva bata de médico, otra un pijama de hospital manchado de sangre. La que va adelante era claramente una anciana, pero ahora tiene la cara destrozada y los ojos completamente blancos. Están siguiendo nuestro rastro, nuestro olor, algo que los está guiando directamente hacia nosotros. Nuria agarra una mochila que ya tenía preparada y me hace señas hacia la ventana del dormitorio. «Hay una escalera de incendios», dice. Es nuestra única salida. Los golpes en la puerta han empezado. Metódicos y constantes, como si supieran que estamos aquí dentro. La escalera de incendios está oxidada y hace un ruido horrible cada vez que ponemos un pie en ella. Cada crujido me suena como una alarma anunciando nuestra posición a todas esas cosas.

Cultistas adorando a los infectados en un almacén abandonado
El Culto del Génesis Necrótico en plena ceremonia.

Nuria baja delante de mí moviéndose con una agilidad que no esperaba de alguien que lleva más de 24 horas escondida y aterrorizada. Cuando llegamos al primer piso, puedo ver a través de las ventanas del apartamento de abajo. Hay una familia entera convertida en esas criaturas, incluyendo dos niños pequeños que se mueven con la misma hambre antinatural que los adultos. El padre está de pie en medio del salón, balanceándose ligeramente con la mandíbula colgando de una manera que no es natural. Cuando nos ve pasar por la ventana, emite un gemido gutural y empieza a golpear el cristal con los puños. El sonido atrae inmediatamente a los otros y pronto toda la familia está aporreando la ventana, dejando manchas de sangre negra en el cristal. Tenemos que movernos más rápido. Llegamos al callejón trasero y el olor me golpea inmediatamente. Es una mezcla de podredumbre, orina y algo dulzón que me revuelve el estómago. Hay cuerpos esparcidos por todas partes, algunos claramente muertos, otros que se mueven débilmente como si estuvieran intentando levantarse, pero no tuvieran la fuerza suficiente. Nuria me agarra del brazo y me señala hacia uno de los cuerpos. Mira, susurra. Ese lleva muerto al menos dos días, pero sigue intentando moverse. Tiene razón. Es el cuerpo de un hombre mayor con la piel gris y hinchada, claramente en estado de descomposición avanzada, pero los dedos se mueven espasmódicamente y la boca se abre y se cierra como si estuviera intentando morder algo. El virus no solo reanima a los muertos recientes explica Nuria con voz tiemblorosa. Puede reactivar cadáveres que llevan días muertos. Estamos luchando contra un ejército que crece cada hora que pasa. La implicación de sus palabras me aterra. Cada cementerio, cada morgue, cada lugar donde hay muertos se está convirtiendo en una fábrica de monstruos.

Estamos avanzando por las calles traseras hacia donde dejé el coche cuando Nuria me detiene bruscamente. Escucha, dice, al principio no oigo nada, pero luego lo capto. Voces humanas, voces reales, no los gemidos guturales de los infectados vienen de un edificio cercano, lo que parece ser un almacén o una nave industrial. Nos acercamos con cuidado y vemos luz filtrándose por las ventanas rotas. Hay gente viva ahí dentro, pero algo en el tono de las voces me pone nervioso. No suenan como supervivientes asustados, suenan fanáticos. Nuria me agarra del brazo con fuerza. Ese edificio, susurra, es donde tenían su sede los purificadores. El culto que robó las muestras del laboratorio. Mi sangre se hiela. Si son ellos, si son los responsables de todo esto, necesito respuestas. Pero también podría ser una trampa mortal. Las voces se hacen más fuertes, más exaltadas, como si estuvieran en medio de algún tipo de ritual o ceremonia. Nos acercamos más al edificio y lo que veo a través de una ventana rota me deja sin aliento. Hay al menos 20 personas dentro, todas vestidas con túnicas blancas manchadas de sangre, formando un círculo alrededor de algo en el centro. Están cantando algo en latín o lo que suena como latín con las manos alzadas al aire. En el centro del círculo hay varios infectados atados con cuerdas, pero no están intentando atacar. Están quietos casi como si estuvieran domesticados. Uno de los cultistas, un hombre mayor con barba gris, se acerca a uno de los infectados y le pone la mano en la cabeza. La criatura no reacciona, simplemente se queda ahí con los ojos blancos fijos en la nada. Están controlándolos susurra Nuria con horror. Han encontrado una manera de controlar a los infectados. Pero hay algo más perturbador. Algunos de los cultistas tienen heridas de mordeduras visibles en los brazos y el cuello, pero siguen siendo humanos. Siguen siendo conscientes como si fueran inmunes al virus o como si hubieran encontrado una manera de resistir la infección.

El líder del culto, el hombre de la barba gris, empieza a hablar en voz alta y puedo escuchar fragmentos de lo que dice. Habla de purificación, de evolución divina, de cómo han sido elegidos para guiar a la nueva humanidad. Dice que los infectados no son monstruos, sino ángeles de la purificación enviados para limpiar el mundo de los impuros. Que ellos, los purificadores, son los únicos dignos de sobrevivir y gobernar en el nuevo mundo que están haciendo. Sus palabras me revuelven el estómago. Estos locos no solo causaron el apocalipsis, sino que creen que es algo bueno, algo divino. Uno de los cultistas se acerca al líder y le susurra algo al oído. El hombre sonríe y asiente. Luego mira directamente hacia la ventana donde estamos escondidos. Sabemos que están ahí», dice con voz calmada, pero amenazante. «Vengan a unirse a nosotros o enviaremos a nuestros ángeles a buscarlos». Nuria y yo nos miramos con terror. Nos han visto. Tenemos que salir de aquí ahora mismo. Corremos hacia donde dejé el coche, pero cuando llegamos veo que está rodeado de infectados, al menos una docena de ellos, todos moviéndose alrededor del vehículo como si hubieran sido atraídos por algo. Uno de ellos está golpeando la ventanilla del conductor con los puños, dejando manchas de sangre en el cristal. Otro está mordiendo el neumático trasero, aunque obviamente no puede atravesar la goma. «No podemos llegar al coche», le digo a Nuria. «Tendremos que ir a pie». Ella asiente, pero puedo ver el miedo en sus ojos. 50 km hasta el búnker militar, a pie, en la oscuridad, con toda una ciudad llena de infectados entre nosotros y la seguridad. Y ahora también tenemos que preocuparnos por ese culto loco que aparentemente puede controlar a los monstruos.

Mientras observamos a los infectados rodeando mi coche, escucho un sonido que me hiela la sangre, el rugido de motores acercándose, vehículos, varios de ellos viniendo hacia nuestra posición. Las luces de los faros aparecen al final de la calle y puedo ver figuras en túnicas blancas en las ventanillas. Los purificadores nos están cazando por aquí, susurra Nuria señalando hacia un parque cercano. Podemos perdernos entre los árboles. Corremos hacia la oscuridad del parque, pero puedo escuchar los vehículos deteniéndose detrás de nosotros, puertas abriéndose, voces gritando órdenes. También escuchó algo peor. Los gemidos de los infectados, pero ahora suenan diferentes, más organizados, como si estuvieran siendo dirigidos. Los cultistas han soltado a sus ángeles para que nos persigan. Mientras corremos entre los árboles tropezando con raíces y ramas en la oscuridad, puedo escuchar el sonido de pasos múltiples siguiéndonos. No solo los pasos arrastrándose de los infectados, sino también los pasos normales de los cultistas. Estamos siendo cazados por humanos y monstruos al mismo tiempo. Nuria se tropieza y cae, y cuando la ayudo a levantarse veo que se ha hecho un corte en la rodilla. La sangre fresca, el olor va a atraer a más infectados. Estamos jodidos, completamente jodidos. Y lo peor de todo es que empiezo a escuchar algo más en la distancia. Sirenas. Sirenas de emergencia que suenan desde todas las direcciones, como si toda la región estuviera en alerta máxima. El apocalipsis ya no es solo local, se está extendiendo por todas partes.

Estamos corriendo por el parque cuando Nuria se detiene bruscamente y me señala hacia un edificio en ruinas al otro lado del claro. Ahí, jadea, es el laboratorio del CDC donde empezó todo. El edificio está parcialmente destruido con una de las paredes completamente derribada y humo negro saliendo de las ventanas rotas. Pero hay algo más. Luces, luces eléctricas parpadeando en el interior, como si alguien estuviera usando generadores de emergencia. Podría haber supervivientes ahí, digo, pero Nuria niega con la cabeza violentamente. O algo peor, responde. Los científicos que trabajaban en esos experimentos, si alguno sobrevivió, podrían tener respuestas o podrían estar infectados y ser más peligrosos que los otros. Detrás de nosotros, los sonidos de la persecución se acercan. Gemidos guturales mezclados con gritos fanáticos de los cultistas. No tenemos elección. Tenemos que arriesgarnos con lo que sea que esté en ese laboratorio. Es nuestra única oportunidad de encontrar refugio y posibles respuestas. Llegamos al laboratorio y la entrada principal está bloqueada por escombros, pero hay un agujero en la pared lateral lo suficientemente grande para pasar. El olor que sale del interior es indescriptible, una mezcla de químicos, carne quemada y algo más siniestro que no puedo identificar. Nuria saca una linterna pequeña de su mochila y la enciende. La luz revela un pasillo destrozado con equipos científicos esparcidos por todas partes y manchas de sangre en las paredes. Hay cuerpos en el suelo, algunos claramente muertos, otros que se mueven débilmente. Cuidado, susurra Nuria. Algunos de estos podrían estar infectados, pero demasiado heridos para levantarse. Avanzamos con cuidado, pisando cristales rotos y cables eléctricos que chisporrotean ocasionalmente. En una de las salas laterales veo algo que me hace parar en seco. Jaulas de laboratorio rotas con las puertas arrancadas desde adentro. Jaulas que claramente contenían algo grande, algo fuerte, algo que ya no está ahí.

Encontramos a alguien vivo en el laboratorio principal. Un hombre de mediana edad con bata blanca manchada de sangre está sentado en una esquina escribiendo frenéticamente en un cuaderno. Cuando nos ve entrar, levanta la cabeza y veo que tiene los ojos inyectados en sangre y las manos temblorosas. ¿Quiénes son? Pregunta con voz ronca. ¿Están infectados? Le aseguramos que estamos limpios y él se relaja ligeramente. Soy el Dr. Oriol Grau. Dice, «Era el jefe del proyecto aquí. Todo esto, todo esto es culpa mía». Sus palabras confirman mis peores temores. Este hombre es directamente responsable de la pesadilla que está consumiendo el mundo, pero también podría ser nuestra única esperanza de entender cómo detenerla. Cuéntenos qué pasó, le digo manteniendo la mano cerca de mi pistola. El doctor mira su cuaderno y empieza a hablar con voz quebrada. Estábamos trabajando en un virus que pudiera regenerar tejido muerto, reactivar células necróticas. La aplicación médica era revolucionaria. Curar parálisis, regenerar órganos dañados, pero algo salió mal en las pruebas finales. El doctor Grau nos explica que el virus que crearon no solo reactivaba células muertas, sino que reescribía completamente el sistema nervioso central. Los sujetos de prueba perdían toda función cognitiva superior, dice con los ojos perdidos. Solo les quedaban los impulsos más primitivos, hambre, agresión, supervivencia, pero eran increíblemente resistentes al daño físico. Podían seguir funcionando incluso con heridas que matarían a una persona normal. Nuria le pregunta sobre los cultistas y el doctor se pone aún más pálido. Los purificadores llevaban meses infiltrándose en nuestro personal. Tenían gente trabajando aquí, gente que sabía exactamente qué muestras robar y cómo propagarlas. No fue un robo aleatorio, fue un sabotaje coordinado. Sus palabras me golpean como un martillo. Esto no fue un accidente, fue un acto de terrorismo biológico planificado. Pero hay algo más, continúa el doctor. Algunos de los cultistas parecen tener una inmunidad natural al virus. Hemos estado estudiando su sangre durante meses intentando entender por qué no se infectan. Creemos que han estado exponiéndose gradualmente a versiones debilitadas del virus, desarrollando una resistencia.

Túneles de alcantarillado oscuros con siluetas de infectados en el agua
La red de alcantarillado – La única vía de escape bajo una ciudad condenada.

Mientras el Dr. Grau habla, escucho ruidos en el exterior del laboratorio. Los cultistas y sus ángeles infectados nos han encontrado. Tenemos que irnos le digo al doctor. ¿Hay otra salida? Él asienta y nos guía hacia una puerta trasera que da un túnel de mantenimiento. Este túnel conecta con el sistema de alcantarillado de la ciudad, explica mientras recoge algunos archivos importantes. Podemos usarlo para llegar al otro lado sin ser detectados, pero cuando abrimos la puerta del túnel, el olor que sale es nauseabundo y no estamos solos ahí abajo. Puedo escuchar chapoteos en el agua, gemidos que resuenan en las paredes de hormigón. Los infectados han encontrado los túneles, susurra Nuria. Están usando el sistema de alcantarillado para moverse por toda la ciudad sin ser vistos. El doctor se queda pálido. Si han llegado a los túneles principales, pueden estar extendiéndose a otras ciudades a través de la red de alcantarillado. Barcelona, Girona, todas las ciudades conectadas están en peligro. Decidimos arriesgarnos con los túneles porque es nuestra única opción. El doctor Grau lleva una linterna más potente y va adelante, iluminando el camino a través del agua sucia que nos llega hasta las rodillas. El olor es horrible. Pero es el sonido lo que me aterra. Chapoteos constantes en la distancia, ecos de gemidos que parecen venir de todas las direcciones. «Manténganse juntos», susurro. «Y si ven algo moviéndose, no duden en disparar».

Hemos caminado apenas 100 m cuando la linterna del doctor ilumina algo que me hiela la sangre. Hay cuerpos flotando en el agua, algunos claramente muertos, otros que se mueven lentamente como si estuvieran intentando nadar, pero hubieran olvidado cómo hacerlo. Uno de ellos, una mujer en camisón. Se da la vuelta cuando la luz la ilumina. Su cara está hinchada y gris con los ojos completamente blancos, pero cuando nos ve, emite un gemido gutural y empieza a moverse hacia nosotros con una determinación aterradora. «¡Corran!», grita el doctor. Si hay uno, habrá más. Corremos por los túneles mientras detrás de nosotros se desata el caos, los gemidos se multiplican, el agua chapotea violentamente y puedo escuchar el sonido de cuerpos arrastrándose por las paredes de hormigón. La linterna del doctor baila frenéticamente, creando sombras monstruosas que parecen perseguirnos. Nuria tropieza y cae al agua sucia y cuando la ayudo a levantarse veo que tiene algo agarrado a la pierna.

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Nuria me cuenta lo que pasó y cada palabra es como un puñetazo…

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El búnker militar aparece en el horizonte como una fortaleza…

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